martes, junio 02, 2009

Stalin-Heidegger-Marx


A
modo de introducción:
“Yo esperaba del Nacionalsocialismo una renovación espiritual de la vida entera, una conciliación de la lucha de clases y la salvación de la existencia occidental ante el peligro del Comunismo...”, así le confesaba en una carta privada escrita en 1948 el filósofo más importante del siglo XX, Martin Heidegger, a otro filósofo, discípulo y ex ayudante suyo, Herbert Marcuse. Toda su analítica de la existencia desembocó en esperar una renovación del Espíritu alemán de las manos de Adolf Hitler. ¿Puede un vulgar acto de adhesión política transformarse en un gesto filosófico? Sin dudas. Se ha debatido en extensión e intensidad el compromiso personal del filósofo o si éste no es más que una deriva natural de su propia filosofía. El Fall-Heidegger, el archiremanido debate sobre su relación con Hitler y el nacionalsocialismo, se ha transformado en un interminable debate desde 1945. Se puede sostener la peregrina idea, como lo hacen los heideggerianos franceses (como Aubenque) y los hagiógrafos alemanes (como Pöggeler), que la obra de Heidegger no produjo, ni siquiera mediatamente, ningún germen de filosofía práctica o filosofía política pura y que, sin embargo, dentro de los diferentes estadios evolutivos, su magno Denkweg oficial, fue siempre un filósofo profesional políticamente comprometido con la coyuntura de su tiempo según los parámetros de los universitarios en la época de Weimar. La relación de Heidegger con el mundo histórico se reduciría a intereses puramente corporativos universitarios locales de Freiburg y poco más. La torpeza en la política pedestre, “no sirvo para la política” como le confesaba con candor a su ex amante Hanna Arendt, magnificaría por contraste al maestro de Messkirch enzarzado con pensar el Ser milenario. Con esta operación hermenéutica, muy sofisticada por cierto, sus trabajos filosóficos más abstractos estarían impregnados de manifestaciones y posiciones con respecto a lo político (los heideggeriannes no pueden eliminar sus textos y proclamas) pero esta espuria del mundo lógico sobre su obra sería esencialmente periférica al Kern, al núcleo más puro de su pensar. La proximidad, incluso léxica, al universo ideológico Völkische o al Nationalbolschewismus del movimiento alemán tendría referencia no tanto a las orientaciones fundamentales que Heidegger le imprimió a su intento de “abrir brecha” en la historia acontecida desde la aparición de Sein und Zeit, sino a una suerte de enredos. Heidegger, como Tales, por observar con claridad la luz del Ser se habría caído en el terrestre pozo de la política de Weimar. Simplemente se habría metido en compromisos en los cuales el filósofo “carne-y-hueso” arrastró al filósofo “guardián-del-ser”. La obra filosófica de Heidegger sería así apolítica por definición, y es justamente este apoliticismo visceral lo que la hace negativamente responsable de la serie de traspiés políticos del Heidegger humano, demasiado humano, cuyas ideas y visión del mundo en 1933 se deben a la psicología de la frustración, a la geografía o al resentimiento provinciano o a cualquier cosa (sigo la hermenéutica de la inocencia de Aubenque, Derrida, Lacoue-Labarthé y Palmier,). La síntesis de todos los argumentos sería más o menos la siguiente: en su confusión por re-encontrar el verdadero destino de Occidente, en una época de crisis personal profunda, donde se estaba extinguiendo el Heidegger christlicher Theologe y coincidiendo con el derrumbe de la república de Weimar, al profesor pequeño burgués pobre de provincias el ascenso del nacionalsocialismo “se le vino encima” como hipercontextualiza sin ruborizarse el hagiógrafo Otto Pöggeler. Pese a toda su miopía política, la ontología de Heidegger, en sus preguntas esenciales, habría cruzado incólume el “Mar de los Sargazos” de la experiencia nacionalsocialista, incluso habría tenido energía oculta para realizar una feroz crítica desde 1934, lo que demostraría, en negativo, que existía in nuce en la filosofía de Heidegger una posibilidad real de “uso” político (que contradice todas las propias premisas de los heideggerianos). Pero las ideas centrales de su filosofía no habrían sufrido mella post o ex-ante de 1933, no habrían sido la causa esencial o eficiente, de las debilidades psicológicas, de la “ataraxia” del hombre Martin Heidegger, uno más de los miles de alemanes confundidos y arrastrados en el torbellino político del ascenso meteórico del NSDAP, como piadosamente Pierre Aubenque nos recuerda. Al finalizar esta manipulación interpretativa se reconoce que la ontología heideggeriana efectivamente se estacionó en la vecindad de la política, o sea: Heidegger mismo “urbanizó” su provincia del ser al trasladar categorías de Sein und Zeit al campo político, pero todo ello se realizó sin sufrir “afinidades electivas”, sin ser su “soporte” al NS-Staat motivo de sospecha ni recoger en su seno “prejuicios” de la empiria política. En suma: no sería posible encontrar ningún punto de partida firme para la solución de problemas de una agenda de filosofía práctica en 1933, ni siquiera algún criterio utilizable para guiar en la práctica o ponderar la toma de decisión de un compromiso político resuelto, según Aubenque. Sólo se concede la posibilidad de preguntar, en la dimensión de lo político, utilizando la cuestión de la Technik, por lo que el pensamiento heideggeriano podría converger elípticamente con las cuestiones candentes de la historia universal, pero su relación es inesencial a ella y al reino de la política.
La obvia conclusión es que es imposible que la ontología heideggeriana pudiera “orientar” o colaborar en la toma de decisión política al Martin Heidegger mortal entre las tendencias políticas oscuras y confusas de la Alemania de los años ’20, y menos de manera “ideológico-crítica”. Al no existir posibilidad de encontrar un esbozo de filosofía práctica en la filosofía de Heidegger, ni siquiera en estado latente, es improbable que el año 1933, el Jahre der Entscheidung, el año de la decisión según lo bautizó Spengler, se haya podido relacionar esencialmente al Kern, al núcleo central de su Denkweg. Esta rigurosa y autoritaria concepción de la no unidad entre obra y autor, donde el contenido de verdad de una corpus filosófico no tiene que reflejarse necesariamente en la mentalidad y en la ética de la vida del filósofo, entre pensamiento y mundo histórico (escisión que negaba ¡el propio Heidegger!) exacerba y agudiza de tal forma la autonomía “débil” de la filosofía, que cualquier comportamiento o acción en el ámbito de lo político, de por sí despreciable y relegada a mera nota biográfica, no puede arrojar ningún cono de sombra sobre su opus magnum o ser utilizado como via regia para nuevas lecturas interpretativas. Dicho secamente: no puede desacreditarse, al realizar la conexión entre política y filosofía, la ontología heideggeriana, ni ninguna otra, poniéndola a trasluz con asuntos que resultan, por definición, “externos”, como lo es una decisión resuelta en política. A lo sumo se reconoce que Heidegger tuvo que “distorsionar”, la famosa inflamación e inflación repentina de la palabra Geist en el estudio de Derrida, su filosofía pre-1933 para poder aggiornarse con el universo léxico del NSDAP. Esta distorsión fue producida por elementos absorbidos de la cosmovisión de su época, y tanto la caución con respecto al nacionalsocialismo como el gesto metafísico se remitirían a medios retóricos de expresión o la Weltanschauung nihilista o la ideología de mandarines “apolíticos” del universitario alemán. Todo este fantástico proceso, que finalmente conlleva a una incoherencia terminológica, un “ajuste de cuentas verbal” (Derrida) que finalizará en 1935 con la lección Introducción a la Metafísica, concluirá en una retirada de su corto compromiso político y punto de inicio de la fantástica geistige Widerstand, la “resistencia espiritual” contra el NS-Staat, como la bautizó su hijo Hermann. A estas alturas de la historia de la crítica y la exégesis estas brillantes piezas de sofística quedan obsoletas y ridículas. Y se debe al trabajo en el desierto y contra corriente del filósofo chileno Víctor Farías y al historiador friburgués Hugo Ott. Hay que reconocer que fue gracias al pathbreaking del desigual libro de Farías, Heidegger y el Nazismo, que incorporó e hizo masivas las revelaciones terminantes del historiador local Hugo Ott que hasta ese momento solo habían aparecido publicadas en revistas institucionales y boletines locales de Freiburg, y por lo tanto inaccesibles para el lector profano. Sería por medio de su trabajo archivista incansable que, por primera vez desde 1945, en el Fall-Heidegger, la cantidad de hechos, datos e informaciones se trastocarían en calidad. Este hecho dio como resultado que el carácter de la dedicación y el compromiso político total de Heidegger con el NSDAP primero (antes de enero de 1933), y con el NS-Staat después, se transformará en un hecho incontrastable, indiscutible y premisa de cualquier debate serio. La incompleta fuente de datos sobre el período 1930-1945 en la vida de Heidegger, muchas veces planificada, había permitido, antes del corte epistemológico de Ott en 1983, tanto a la hagiografía heideggeriana como al mismo Heidegger, salvar decorosamente la ropa sucia de su reputación profesional y clausurar todo intento de interconectar su filosofía con la política nacionalsocialista durante casi 30 años. La defensa del Meister von Meßkirch sólo repetía, con variaciones personales, muletillas, deformaciones y pequeñas omisiones del canon establecido por Heidegger en el interview de la revista Der Spiegel en 1976. Es a partir de Ott, y gracias su divulgación masiva vía Farías, que en el debate sobre el compromiso y la profundidad de la relación entre Heidegger y el NSDAP, se ha abierto paso la más importante cuestión filosófica: de cómo y de cuánto está implicada la ontología heideggeriana en la decisión política resuelta por el nacionalsocialismo. En realidad, esta tesis es toda una serie de cuestiones encadenadas: ¿se puede extender este apoyo incondicional al NS-Staat, como acto filosófico, hasta el pensamiento primigenio de Heidegger, incluyendo su magnum opus trunca Ser y Tiempo?; ¿fue efectivamente Heidegger, el de la filosofía tardía de la Kehre, un crítico al nacionalsocialismo o simplemente se distanció del NSDAP por una idealización filosófica de la visión del mundo Blut und Boden?; ¿se puede hablar de una geistige Widerstand, de una resistencia espiritual al nacionalismo desde sus posiciones filosóficas después de 1935 como intentan afirmar sus hagiógrafos?; ¿existe un “hilo de Ariadna”, coherente y lógico, entre Ser y Tiempo, el NSDAP y una versión heideggeriana de la visión völkische del nacionalsocialismo?

Superación de Marx:
una fallida empresa heideggeriana: Un gran filósofo como Lukács, además testigo de época de primer orden, decía en los años ’60 que “creemos firmemente no engañarnos en el plano de la objetividad (cualquiera que sea el aspecto de la cuestión desde el lado subjetivo y filológico) al decir que Ser y Tiempo de Heidegger no es más que un escrito polémico de dimensiones imponentes contra la concepción marxista del fetichismo y las consecuencias filosóficas y sociales que se desprenden de ello.” Una tesis que no gozaría de mucho respaldo entre los heideggeriannes. ¿Realmente Heidegger tenía como objeto polémico a Marx? Que la filosofía práctica de Heidegger se desarrolló sobre un suelo nutricio antimodernista y de Reaktion contra el marxismo, es algo que a esta altura nadie pone en cuestión. En una entrevista con A. Lampe, en el contexto del comité de èpuration que Francia acometió contra todos aquellos funcionarios importantes del nacionalsocialismo en Freiburg, el 25 de julio de 1945, Heidegger sostuvo, bajo juramento, que “apoyar al nacionalsocialismo era la única y suprema posibilidad de evitar el avance del comunismo en Alemania...”. Ya citamos su confesión a Marcuse, que ya muy tempranamente en 1934 había escrito sobre el antiliberalismo radical de Heidegger y el sustrato de “realismo heroico” de su filosofía existencial. Para cualquier lector atento es clara su concepción en Sein und Zeit (1927) del americanismo y el bolchevismo como Ich-Zeit, tiempo del yo, en contraposición con el tiempo comunitario del nosotros, el Wir-Zeit, que habría inaugurado el nacionalsocialismo en su Volksgemeinschaft, la comunidad racial-popular enfrentada a la Gesellschaft liberal o al estado total bolchevique; es también el claro significado de la dictadura del “se”, en el parágrafo #27 de la misma obra. Hay además dos misteriosas menciones, sin especificar el autor, que se refieren a la teoría marxista de la alienación y la reificación de las conciencias. La primera cuando diferencia la analítica del Dasein (el ser-ahí) de otras formas de abordar la facticidad. Es en la primera sección, capítulo primero titulado “La exposición de la tarea de un análisis preparatorio del Dasein”. Distingue su filosofía del existencialismo de Max Scheler, de Dilthey y su filosofía de la vida, de la filosofía de tradición escolástica y en último lugar de aquella que reflexiona sobre “la cosificación de la conciencia” (Veredinglichung des Bewusstseins). Heidegger no menciona autor, pero la referencia es clara para cualquier lector atento: se trata del fetichismo de la mercancía que Marx desarrolla en sus escritos de juventud y en el capítulo de Das Kapital dedicado a la mercancía y que concluye con el Warenfetischismus. La segunda señal con referencia a Marx se encuentra en un lugar más importante de Ser y Tiempo: en la última página, en su conclusión que anuncia la segunda parte del libro jamás escrita. La más importante obra heideggeriana concluye discutiendo nuevamente con una teoría en la que no se menciona al autor y vuelve a repetirse la mención entrecomillada (de cita) de “la cosificación de la conciencia”. Los lugares en que aparece la teoría del fetichismo y la cosificación indican que para Heidegger “esa” teoría, la marxista, es un problema central en su debate. Por cierto Heidegger lo intentará proponiendo una concepción de la praxis alternativa a la de Marx, la famosa Sorge (Cura), curiosamente de raíz ¡agustiniana! Pero este tema nos aleja de esta introducción. Tenemos otro contacto Heidegger-Marx, esta vez en 1932. En el curso de ese año sobre el diálogo Teeteto de Platón, reconstruyendo su filosofía de la historia del “olvido del Ser”, Heidegger traza la vasta cronología de esta decadencia (al mejor estilo nietzscheano) que pasa por el Cristianismo, el racionalismo de Descartes, la Ilustración, Hegel y su dialéctica y concluye en Marx mismo. Explícitamente se propone una Überwindung des Marxismus, una superación del marxismo como sistema de pensamiento y su doctrina ideológica, citando por primera vez textualmente párrafos de La Miseria de la Filosofía (1845) de la edición de Landshut/Meyer. Más allá de su reflexión sobre la platonische Ideenlehere, Heidegger subraya: “Teoría de las Ideas, presupuesto para el Marxismo y la teoría de las ideologías. ‘Visión del Mundo’ como ideología, abstracción, superestructura o de relaciones sociales de producción. ¿Superar al Marxismo?” (GA, 34, p. 325). Marx aparece veladamente en los discursos políticos de Heidegger entre 1933 y 1938: el trabajo, destacará Heidegger, bajo el nacionalsocialismo, no es más producción de plusvalor (Mehrwert) sino el nombre de toda acción bien ordenada, nacida y originada por la responsabilidad de los ciudadanos, los estamentos y el estado alemán, y que, de esta forma, está al servicio de la Volksgemeinschaft, de la comunidad racial-popular. El Arbeiter, el trabajador, no es más, como pensaba Marx, un mero objeto de explotación, ni una especie de clase de desheredados que son reunidos por la lucha de clases, sino la figura, la Gestalt jüngeriana de dominio, que crea continuamente lazos y une a todos los camaradas de raza, los Volksgenossen, en la grandiosa voluntad del estado (discurso del 30 de junio de 1933, La Universidad en el nuevo Reich). Los ejemplos se multiplican. Entre esos años además Heidegger trabaja en el Archiv Nietzsche, la tarea era una edición crítica de los manuscritos sobre la Voluntad de Poder, recepcionando la Kritik a la Modernidad, a la Aufklärung, al liberalismo y al socialismo. Marx (y Hegel) continuarán apareciendo a lo largo de los años ’30: en un seminario sobre la filosofía hegeliana del estado, Hegel, über den Staat, donde señala que “la filosofía de Hegel sobre el estado… es decisiva de manera ya bien indirecta que directa, a saber en un sentido ya positivo ya negativo. Así Karl Marx le retorna su sentido negativo. En otras palabras: no podemos comprender el Liberalismo del siglo XIX sin no entendemos el pensamiento hegeliano del estado.” (GA 36/37, p. 15) En el mismo seminario Heidegger analiza la crítica de Marx a los Fundamentos de la Filosofía del Derecho de Hegel, un texto juvenil casi desconocido para la época. Lo cierto es que Marx (y por supuesto Hegel y la dialéctica), aunque es un autor ausente, sin mencionar, está como polemos esencial en el desarrollo y su peso específico aumenta a medida que nos aproximamos al año 1933. Se puede notar, a esta altura, que el conocimiento de Marx que tiene el Heidegger de los años ’30 es defectuoso y de segunda o tercera mano, por lo que sus críticas ni siquiera rozan la problemática de la categoría “valor-trabajo”. Este Marx descafeinado y poco interpretado era una muletilla común entre los intelectuales de la nueva derecha y los ideólogos del NSDAP, llegando incluso a filósofos de la talla de Dilthey, Scheler, Rickert, Sombart o Simmel. Ya Jünger había definido que el nuevo concepto de Arbeit en su libro de El Trabajador. Dominio y Figura (1932) tan leído por Heidegger (y al que le dedicaría un seminario completo) no tenía nada que ver ni con Marx ni con las teorías económicas “manchesterianas”. Heidegger utilizaba la irregular edición de los manuscritos juveniles, editada en dos tomos ese mismo año por dos diputados socialdemócratas, Siegfried Landshut y J. P. Mayer, titulada Karl Marx, Der Historische Materialismus. Die Fruhschriften. La edición era contemporánea a la que se publicaba en ruso y en alemán por el IME (Instituto Marx&Engels) de Moscú dirigido por Riazanov, y aunque incompleta y sin aparato crítico, sirvió de difusión de un Marx desconocido. Curiosamente esta edición fue incinerada completamente durante la quema de libros “con espíritu no-alemán”, la Bücherverbrennung en mayo de 1933, una de ellas en el Stadion de la Universidad de Freiburg, frente al rectorado de Heidegger. Las paradojas de la historia hizo que Marx volviera a aparecer en la vida de Heidegger, esta vez como espectáculo mediático. La misma edición de los textos juveniles aparece en una entrevista a la segunda cadena de TV estatal alemana ZDF en 1969, donde Heidegger, todavía obsesionado por su Überwindung inconclusa de Marx le lee a su entrevistador la Tesis XI sobre Feuerbach para intentar, postreramente, concretar una amarga tarea abortada.


Koinon: el texto:
el inédito que presentamos es un texto muy diferente, el único conocido en el que Heidegger se enfrenta inmediatamente con el Comunismo (encarnado tout court por la URSS de Stalin) y mediatamente a Marx. El texto aparece en el volumen 69 de la así llamada edición completa, donde por primera vez se han hecho públicos textos inéditos sobre la “Historia del Ser”, Die Geschichte des Seyns. 1) Die Geschichte des Seyns (1938-1940); 2) KOINON. Aus der Geschichte des Seyns (1939-1940), algunos manuscritos para clases o reflexiones privadas. Tienen la jerga críptica y los neologismos creados ex profeso por el mismo Heidegger. Los años son críticos, el volumen ocupa desde 1938 hasta 1940. Heidegger, como en todos sus clases y textos, intercala o toma como ejemplo de su pensar sucesos directamente político-históricos relacionados con la evolución del IIIº Reich o figuras admiradas, como el propio Hitler o Mussolini. Muchos de ellos se relacionan y sólo pueden entenderse con trabajos anteriores, por supuesto Ser y Tiempo (1927), la Introducción a la Metafísica (1935), los filonazis Beiträge zur Philosophie (Vom Ereignis) (1936-38) y sus diversos textos sobre Nietzsche. En su texto de 1937, Nietzsche: Der Wille zur Macht als Kunst, Heidegger comenta que “se necesita un conocimiento profundo y una seriedad que llegue al fondo de las cosas con el fin de entender lo que Nietzsche ha designado como ‘Nihilismo’ (Nihilismus). Para Nietzsche, el Cristianismo es tan nihilista como el Bolchevismo y, por lo tanto, que el más simple Socialismo” (GA 43, p. 30-31) Ya Heidegger coloca como causas del olvido del Ser al platonismo, cristianismo, liberalismo, socialismo, marxismo y comunismo. En su texto el comunismo es sólo un desarrollo más con el cual prosigue y se completa el “despliegue del Poder”. El bolchevismo en su variante stalinista es un artículo injertado, una mercadería exportada de Occidente al Ost eslavo-asiático, y con ella lleva de contrabando a Asia su Machenschaft, el “Maquinismo”, concepto central en su filosofía tardía. En un primer nivel de significado designa la capacidad de posesión de lo real en orden de dominarlo y hacerlo parte de nuestros fines subjetivos, el reino liberal del cálculo y la utilidad burguesa. Con Koinon (literalmente del griego: “lo que es común”) Heidegger no entiende en sentido neutral la comunidad humana, sino el colectivo del comunismo, la totalidad de una “masa humana” (GA 69, p.206). Así el comunismo viene en la hermenéutica heideggeriana entendido como el verdadero y propio ápice de la maquinación y del abandono del Ser. Además existe “una identidad metafísica entre el estado autoritario y el estado parlamentario, porque entre ambos existen en la misma escena del despliegamiento del poder” (Ibidem, p. 189) Aunque parezca increíble para Heidegger ¡la forma estado del liberalismo clásico británico es igual, en su esencia, a la república basada en soviets! Lo más insólito es el aggiornamiento filosófico de Heidegger a la política exterior de Hitler: es en estos años que el IIIº Reich prepara su ataque a Polonia y busca un tratado de amistad con la URSS. Para asombro del mundo los dos enemigos ideológicos mortales firmarán un pacto de no-agresión. Será el ignominioso acuerdo Molotov-Ribbentrop se firmó el 23 de agosto de 1939, poco antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial. El entendimiento, como señala el historiador Kershaw, supuso “que se había eliminado el peligro de cerco de una guerra en dos frentes para Alemania.” Sólo así puede entenderse que Heidegger “legitime” en su filosofía de la historia del Ser al stalinismo al señalar una “diferencia” a favor de la URSS: “el bolchevismo inglés (sic) es el más peligroso” debido a que su máscara política parlamentaria mantiene oculta la esencia misma del poder. El stalinismo sería más honesto y claro desde al lógica de la Geschichte des Seyns. E incluso Heidegger retoma una pareja de conceptos que ya utilizó en su ensayo Sobre el origen de la obra de arte (1935/36): Welt (Mundo) y Erde (Tierra). Ahora les atribuye contenidos geopolíticos que sintonizan a la perfección con los nuevos amigos del este: “La historia de la Tierra (Erde) del futuro está conservada en la esencia de la ‘rusidad’. La historia del Mundo (Welt) es confiada a la meditación de los alemanes.” (Ibidem, p. 108). Una perfecta y filosófica contrafigura del apretón de manos entre Hitler y Stalin en vísperas del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Como dijo Hitler en 1939 “la cuestión del Bolchevismo es por el momento de importancia secundaria. Estamos apurados y comeremos ahora como las moscas del Diablo.” Y “rusidad” de la esencia será una prognosis que se cumplirá en junio de 1941. Estos textos escritos al filo de la mayor matanza de la humanidad son particularmente instructivos de los puntos débiles y reaccionarios del pensamiento heideggeriano: la dificultad teórica de afrontar el problema de la sociabilidad humana, la tendencia a la apología del catastrofismo y la muerte, la interpretación de la Modernidad como un juego decadente de poderes, la justificación del elitismo y el autoritarismo. Todos faros filosóficos-políticos y paradigmas epistemológicos que se encuentran ya en Ser y Tiempo, en los textos sobre el arte y la técnica y en su re interpretación de Nietzsche.
(NGV)

Koinon” (1939/1940)
El Comunismo y el Destino del Ser
por Martin Heidegger

La contraseña metafísica de la completitud de la edad moderna es históricamente la obtención esencial de la potencia de parte del ‘Comunismo’ (Kommunismus) en la constitución del Ser en la época de la total falta de sentido. El carácter de ‘sin sentido’ viene aquí entendido según el concepto de sentido pensado en mi libro Sein und Zeit (1927). Según esta concepción, el sentido (Sinn) es el ámbito proyectual de la proyección del Ser sobre su verdad (Warheit); y a su vez verdad puede entenderse como la liberación (Freigabe) desveladora del Ser en la claridad (Lichtung) del despliegue de su esencia, en el claro de su desvelarse. En esto consiste esencialmente el rechazo: que aclarándose es la señal del Ser (Wink des Seyns). Haciendo esta señal se recoge en el don de ser sí mismo como único. Ninguna correspondencia con el Ente (Seiendem) puede transportarlo al lenguaje.
El término ‘sin-sentido’ (Sinn-lose) significa estar sin verdad: el permanecer ausente de la claridad (Lichtung) del Ser. La carencia de sentido se completa con el hecho que este permanecer ausente persiste en la incognoscibilidad y con ella el Ser desaparece en el olvido olvidado. ‘Ser’ (Sein) vale ahora no sólo como la palabra más universal no problemática de lo más vacío y de lo más universal, sino de la preeminencia sin perplejidad del Ente (Seiende). Esto se manifiesta y se afirma en la pretensión de ser sin necesidad de otro factible y en consecuencia planificable y calculable. Ofreciéndose de tal modo el ente (Seiende) obtiene con la fuerza en el Hombre el privilegio exclusivo del hacer. Lo imparable de su apertura ilimitada produce un encantamiento en la Humanidad, en virtud de la cual el Ente es todo cuando es factible. ‘Ser’ (Sein) –abandono del Ser (Seinsverlassenheit)– completitud de la falta de sentido. Cuando la falta de sentido se cumple, los ‘Valores’ (Werte) (los valores vitales y culturales) vienen proclamados como el fin más elevado y la forma del fin del Hombre. Los ‘Valores’ (Werte) son siempre sólo la traducción oculta del Ser sin la verdad a mero título, de lo que es considerado como estimable y calculable en el único ámbito de lo que es factible de hacer. Y el hacer valorable la transvaloración de todos los valores (Umwertung aller Werte), y no importa en qué dirección se pueda actuar, es el definitivo repudio en la completa falta de Sentido. El venir desde fuera de la múltiple forma del pensamiento del valor (Wertgedankens) confirma la actual entrega del Ente en el abandono del Ser. A los Valores sin potencia (machtlossen Werte) le corresponde la impotencia en la representación de los Valores. Esto favorece el irrumpir de la Potencia (Macht) del Ente que despliega su Esencia de la factibilidad. La esencialidad del Ente es disuelta en el puro maquinismo (Machenschaft), y es así a través de él que el Ente alcanza una potencia ilimitada y con el abandono del Ente de parte del Ser comienza su ‘Dominio’ (Herrschaft) oculto. Esto no deriva de aquella potencia del maquinismo, que sin embargo se deriva de la historia oculta del Ser (Seyns). El “Maquinismo” (Machenschaft) puede surgir por sí solo exclusivamente bajo el comando de sí mismo y encontrar algo definitivo. Donde la carencia de Sentido (Sinnlosigkeit) alcanza al Poder (Macht), y precisamente a través del Hombre como Subjektum calculador y arrebatador de su calculabilidad y la de todas las cosas, la eliminación de todo Sentido –vale decir: la cuestión de la verdad del Ser (Seyns), o bien de su resonancia en la Enticidad (Seiendheit) y en su proyección– debe ser sustituida por aquello que permanece todavía aceptable como sustitución adecuada: de un contar (Rechnen) y precisamente de tener en cuenta los ‘valores’. El ‘Valor’ (Wert) es la traducción (Übersetzung) de la Verdad de la Esencia (Wahrheit des Wesens) en lo cuantitativo y gigantesco; el predominio del ‘Pensamiento del Valor’ (Wertgedankens) confirma la aplicada renuncia del Ente en el cálculo. El ‘Comunismo’ (Kommunismus) no consiste, concebido desde el punto de vista del pensamiento, en el hecho de que todos tenemos que trabajar, ganar, consumir y divertirnos en una igual medida, sino más bien en el hecho que todos los modos de comportamiento (Verhaltungsweise) y todos las formas de actitud (Haltungsformen) de todos están en el mismo vínculo bajo el Poder incondicionado (unbedingte Macht) de unos pocos innominados (ungenannter Weniger). La carencia de Decisión (Entscheidunglosigkeit) –la interrupción de toda posibilidad creciente de tomar una decisión y de toda asunción de una decisión deviene el aire que todos medianamente respiramos. Este hacerse común, este hacerse uno como todos es como si no fuese; que la industria venga estabilizada, que la banca otro tanto, que venga disuelto el latifundio, eliminados los monasterios, que todo saber se falsifique transformándose en ‘Intelligentsia’ (Intelligenz) y ésta a su vez sirva para encontrar empleo y a su vez sea ‘Realidad’ en la especialización de ‘amigos’ (Spezi), que la producción de una ‘opinión pública’ (öffentliche Meinung) del así llamado ‘Pueblo’ (Volkes) a través de los periódicos y la radio apunte al mantenimiento de una forma aparente, que en el fondo nadie toma en serio excepto los poderosos y éstos incluso sólo como un instrumento de Poder (Machtmittel) entre otros, todo esto puede aparecer, desde el punto de vista del horizonte de la propiedad y de la actitud burguesa hasta ahora, aparece como la verdadera y propia pérdida y como destrucción. Solo que esta estatalización de la ‘Sociedad’ (Gesellschaft) en el Estado significa poco, en la medida en que el Estado es devenido sólo un instrumento subordinado al partido único; el partido mismo, a su vez, el instrumento de los soviets y este el ámbito de la acción de unos pocos. Es lógico que sigan siendo pocos innominados y muchos nominados (Stalin y su entorno públicamente activo) que son tolerados de vuelta en vuelta solo como testaferros. (N.B.: sobre Rusia (se sabe poco), aun cuando se sabe más, pero no más sapere). Con ‘solamente unos pocos’ (nur Weningen) no sólo se entiende absolutamente un número exiguo a diferencia de los innumerables muchos que son excluidos del proceso del Poder (Machtbesitz). Los ‘solamente unos pocos’ practican un modo propio de recolección de cualquier forma de obtener poder en la pura falta de respeto del proceder incondicionado. Sólo los ‘pocos’ conocen la propiedad de ser ilimitada y la seguridad de la forma más poco vistosa del despliegue del Poder (Machtentfaltung). Este proceder está determinado metafísicamente, estimulado e instigado exclusivamente por el abandono de todo Ente de parte del Ser, como tal incognoscible. Sólo a través de estos ‘pocos’ se encuentra asegurada de manera incondicionada y completa el entendimiento que el ‘Bienestar’ (Wohlfahrt) –participación en el progreso de la Cultura (Fortschritten der Kultur), eliminación de clases y profesiones, equiparación entre gobernantes y ‘gobernados’ (Regierer) son solo una fachada para el ‘Pueblo’ (Volk)– delante del cual se está encantado y sobre el que no pretende mirar sobre lo que justamente es, el Poder de los ‘pocos’ (die Macht der Wenigen). Ahora una vez más: no es que estos ‘pocos’ son los detentadores del Poder, sino que es su Decisionalidad (Entschlossenheit) la que mantiene en todas partes la intangible preeminencia del Poder Total (vollständige Macht) de la institución respecto a toda tentativa de Visión (Ensicht) autónoma y de actividad de la Voluntad (Willensvollzüge) de los singulares y de los grupos. El Despotismo de los ‘pocos’ (Despotismus der Wenigen) ha perdido su fundamento (Grund) en la personal codicia de poder de ‘Sujetos’ (Subjekte) individuales; pero éstos a su vez, sin saberlo, vienen utilizados como meros Portadores (Träger) y ‘Lugartenientes’ (Statthalter) del incondicionado dominio del Poder Puro (reinen Macht) con el único objetivo de hacer que el Poder se establezca en sus propias instituciones y así asegurarse la apariencia de lo verdaderamente real. Quien habla aquí de ‘Materialismo’ (Materialismus) demuestra que en realidad sólo continúan fieles a los fragmentos de cualquiera doctrina para el ‘Pueblo’ lanzada sobre él. Éste “Materialismo” es “espiritual” (geistig) en el sentido más alto del término, en un modo decisivo en el que se puede reconocer la conclusión de la Essenza, la esencia espiritual metafísica de Occidente (des abendländisch metaphysischen Geistwesens). Vladimir Lenin lo sabe con claridad. Y es por eso que el así llamado “peligro” (Gefahr) del Comunismo no consiste exclusivamente en las consecuencias económicas y sociales, sino en cuanto al hecho que su esencia espiritual, su esencia en cuanto Espíritu no viene reconocida y la confrontación recíproca viene colocada en un nivel que asegura completamente su predominio y su irresistible fascinación. (N.B.: suena como si aún el Comunismo pudiera ser detenido e invertido). El poder histórico del Comunismo y de su auténtica esencia (N.B.: su esencia espiritual impide la decisión) como poder oligárquico de los Soviets (oligarchischer Sowjetmacht) es la más simple e imperativa contraprueba contra la presunta teoría nietzscheana de la “impotencia” del “espíritu” de los usufructadores de Nietzsche. La “Lucha” (N.B.: la lucha como: 1) a un nivel que no es el propio (¿); 2) No es absolutamente lo que es decisivo –qué significa lucha, en la cual la “justificación” como Poder es tal que hace superflua tal cosa.) de la Iglesia cristiana, por ejemplo, contra el Bolchevismo (Bolschewismus) no obtendrá nada, porque no son capaces de reconocer la esencia espiritual bolchevique, porque ellos mismos están al servicio de un “espiritual” que impide esencialmente y definitivamente al Cristianismo realizar algún día algun cuestionamiento contra este “Bolchevismo enemigo del Mundo” (Weltfeid Bolschewismus) y tener un lugar de solicitud decisiva que sea esencialmente diverso y que lo erradique de su fundamento (Grund). En especial en una Lucha” (Kampf) que degenera siempre exclusivamente en combates simulados y cualquier acuerdo final debe despertar el conocimiento de aquel puro poder en su incondicional dominio (Ermächtigung), que se remite desde su interior a otro tal como su origen y sostén de su esencia. Esto es el “Maquinismo” (Machenschaft), la palabra con la cual se debe pensar una decisión esencial en la historia occidental del Ser (abendländischen Geschichte des Seyns). Este pensar (Denken) alcanza una posición infinitamente más cercana a la “Realidad” (Wirklchkeit) de los acontecimientos de nuestra época que cualquier tipo de “Tareas” pequeño burguesas (kleinbürgerliche Art des ‘Einsatzes’). Es una premisa errónea, sin lugar a dudas, de que en algún momento este pensamiento (Denken) se transforme en una representación y en una opinión (Vorstellen und Meinen) que pueda ser practicado por cualquiera. Por el contrario una sola cosa es necesaria: el saber (Wissen) de la inevitable multiplicidad de formas esencialmente diversas en las cuales se debe actuar para la superación histórica del Comunismo (geschitliche Überwindung des Kommunismus). El impedimento más tenaz y obstinado para generar este tipo de saber es la mal pensada e innominada expectativa de un próximo retorno a condiciones pre-comunistas, burguesas. Esta expectativa seductora se nutre continuamente del punto de vista erróneo de que lo “público” (Öffentliche) aparece como lo únicamente real, mientras eso es sólo la sombra (Schatten), que es necesaria y má allá de la cual no se puede saltar, pero vuelta a la historia que sólo despliega su esencia como Historia del Ser (Geschichte des Seyns). No se trata de una fuga de la sustancia misma de la realidad política en lo “espiritual” (Geistige), sino más bien que el pensar lo político en el fundamento (Grund) de su ilimitada esencia de poder alcanza las regiones en las cuales el “espíritu” como forma de dominio de la metafísica (Herrschaftform der Metaphysik) y deviene superable por ella misma. Y sólo donde impera el “espíritu” tiene efecto como imagen que está de frente y delante de la opinión (Meinung) de las raíces de lo espiritual en lo “corpóreo” (Leiblichen) y adquiere su propia consideración, comprensibilidad y la posible validez de una profesión de fe ideológica (Glaubensbekenntnisses). No obstante, el “Comunismo” (Kommunismus) no es una mera forma estatal (blosse Staatsform), ni tampoco solo un tipo de visión del mundo política (politischen Weltanschauung), sino la constitución metafísica (metaphysische Verfassung) en la cual la humanidad moderna (Neuzeit Menschentum) no solo culmina y cumple lo Moderno (Neuzeit) sino que inicia su última fase. Acostumbrados a transcurrir esta “Vida” (Leben) en la búsqueda de actividades reconocidas (del bienestar –y de la promoción de la Cultura) y cubiertos por el manto de protección de una salvación en la cual se cree (“Felicidad Eterna”), el hombre, hoy en la que esa seguridad llega lentamente y aparece como un tiempo quebrado y devenido sin fundamento, cae en un desconcierto oscilante que permite que cualquiera de las partes intente buscar con la mirada puesta en los “Fines” (Zielen) que se deben superar en este momento y que deben precipitarse en la identidad propia; cuando se cultivan las habilidades y el placer de la vida corporal en realidad no se mantiene sino la incondicionada extensión de estos “Fines” (Zieles) a la totalidad de la masa humana (Menschenmasse) complacida y sana, culturizada, industrializada y tecnificada, que continuamente anuncia de nuevo el incremento de estos intereses vitales, cuando sin embargo los pueblos europeo en sus voluntades no son capaces de evitar la guerra, ya sea por la afirmación de “intereses” (Interesen) poseídos hace tiempo o exclusivamente por asegurar el logro de la satisfacción de estos “intereses”, o ahora por la consecución forzosa, necesariamente apremiante en la esencia de los intereses, con la correspondiente Guerra de Masas (Massenkrieges), dispuesta en lo incondicionado, y todo ello confirma que en todas partes los hombres modernos está adentro del ahora, o sea del Ente determinado metafísicamente (metaphysisich bestimmten Seienden). El agravamiento confuso en el Ente (Seiende) no puede aprehender lo que está próximo, el hecho que la fuga del Ser (Seyn) determina la Historia (Geschichte) en su Esencia (Wesen). Ésta abre el camino a un estado que, asegurando por completo la vida entera y su círculo de intereses, la hace crecer pero en el inconcebible estado de incertidumbre de una decisión (Entscheidung). La amenaza del ser humano proveniente de esto que constituye el propio incondicionado dominio de un seguro manejo de todas las medidas de protección y defensa, la amenaza que viene inexorablemente presagiada y al mismo tiempo que se desestima su apariencia (Schein), contiene el anuncio de lo que el hombre moderno, que calcula y gobierna hasta el fin de la Metafísica, no puede jamás tener la capacidad de aprender. Éste nunca está en disposición, no porque se encuentre demasiado lejano, más allá de sus ámbitos habituales, sino porque el anuncio está tan cerca (nahe) que el hombre que piensa en la seguridad (Sicherung) debe ya haber continuamente saltado esta proximidad a su esencia oculta (verborgenen Wessen)… El “Comunismo” (Kommunismus) es la constitución metafísica del Pueblo (metaphysische Verfassung der Völker) en la fase última del completamiento de la Modernidad (Neuzeit), que se da ya en el hecho que en el comienzo mismo de la Modernidad debe poner su Esencia, pese a que lo hace de manera oculta, en el Poder (Macht). Desde una perspectiva política esto sucede en la historia de la Modernidad en el Estado inglés (englischen Staates). Éste estado, pensado en torno a su Esencia prescindiendo de las formas actuales de gobierno, sociales o de credo religioso, es la misma cosa (dasselbe) que el Estado (Staat) de la Unión de las Repúblicas Soviéticas (Sowjetrepubliken), con la sola diferencia que existe una gigantesca falsificación en la apariencia de la moralidad y educación del pueblo que hace inocuo e innecesario todo despliegue de fuerza, mientras que la Conciencia “moderna” (neuzeitliche Bewusstsein) con más necesidades de seguridad, aunque no se reclame la Felicidad del Pueblo (Völkerbeglückung), se enmascara a sí misma en la propia Esencia del Poder. La forma cristiano-burguesa del “Bolchevismo” inglés (bürgerlich-christliche Form des englischen “Bolschewismus”) es la más peligrosa. Sin su aniquilación (Vernichtung) la Modernidad continuará manteniéndose. (N.B.: o por lo menos se retrasa su finalización).” (Traducción: Nicolás González Varela) (El texto traducido comprende las páginas 199-211 de la edición alemana de 1998, 69 Die Geschichte des Seyns. 1. Die Geschichte des Seyns (1938/40) / 2. Koinon. Aus der Geschichte des Seyns (1939), editado por P. Trawny, 1998, XII, 230p, Vittorio Klostermann, Frankfurt am Main.)

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sábado, noviembre 03, 2007

Stalin en la biblioteca


¿Es necesario vigilar las lecturas de los dictadores? Habitualmente se les exige no confesarlas. Esto es en cierto sentido perjudicial, pues el conocimiento primero de que leen y en segundo lugar qué es lo que leen facilitaría a menudo explicarnos lo que dicen y hacen. A veces un capricho sorprendente, un guiño en un discurso, un dejo retórico conocido, un acento ideológico nos hace sospechar que, sin prevenir, está retomando la palabra de otro. Al ser transpuesta, transmutada, la lectura se convierte en un eco quebrado, en un enigma indescifrable. El enigma de la fórmulas sólo puede despejarse si conocemos la materia de la piedra filosofal. Tenemos varios prejuicios a la hora de imaginarnos a los dictadores en pantuflas tomando un libro de la biblioteca y gozando de lectura profunda. El primero es que como mecanismo de reducción de la disonancia que se produce en nuestras mentes, es mejor engañarnos y sostener que los dictadores más déspotas, totalitarios y sangrientos son incultos o ágrafos. Nos da la tranquilidad bienpensante que las dictaduras son abortos antinaturales de la sociedad, desviaciones históricas o dérapages aberrantes. En segundo lugar para nuestra ideología humanista occidental es impensable que un dictador (o cualquier asesino político de masas) sea una persona culta y erudita: como en el caso de los nazis tendemos a creer que la alta cultura es un antídoto absoluto contra la barbarie. Los monstruos no leen. En realidad una hipoteca no reconocida del iluminismo tardío. La barbarie repudia la cultura y viceversa. Pero nada es más falso. No podemos creer que Hitler era un gran lector, que devoraba de niño las novelas de aventuras de Karl May “a la luz de una vela”, que a los quince años escribía obras de teatro, que era considerado por sus vecinos una rata de biblioteca o que su único equipaje al llegar a Viena eran cuatro cajas llenas de libros. Un amigo íntimo de Hitler de aquella época romántica, August Kubizek, no podía imaginar a su amigo sin libros: “Los libros eran su mundo”. Hitler había sido socio de tres bibliotecas en su Linz natal (pagando una suscripción bastante alta para la época) y era usuario habitual en la impresionante Hofbibliothek de Viena. En su habitación de Stumpergasse 29, segundo piso, puerta 17 los libros se acumulaban por el piso en filas verticales. Era un asiduo lector de Schopenhauer y, por supuesto, Nietzsche. La hermana de Hitler, Paula, recordaba que siempre le recomendaba libros y que incluso le había enviado un ejemplar del Quijote de la Mancha. En “Mein Kampf” confesaba “he procurado leer de la forma correcta desde mi primera juventud y me he visto felizmente apoyado en esta conducta por mi memoria e inteligencia”. Mussolini, debajo de su disfraz de tosco italiano arquetípico, latía un lector voraz y un intelectual erudito. “Il Duce” había sido líder juvenil socialista (admirado por Gramsci), ex director del principal diario del Partido Socialista Italiano “Avanti!”, gran lector de Marx (“el más grande de los teóricos socialistas”), de Lasalle y Labriola, de los socialistas franceses neojacobinos como Jaurés y Guesde, la nueva sociología de Michels y Pareto, Schopenhauer, Nietzsche, Bergson, anarquistas como Faure y Sorel, además del nuevo marxismo crítico de Rosa Luxemburg. ¿Y Stalin?

Distorsionando un famoso aforismo filosófico se podría afirmar que “Soy lo que leo”. Si de alguna manera el estilo es el hombre, también lo es por sus lecturas. Para conocer a un personaje bastaría hipotéticamente con espiar de reojo los libros que le rodean, pero ¿valdría este método para los dictadores? ¿Habría que vigilar las lecturas, no sólo de los filósofos, sino de los hombres con poder absoluto? ¿Tendría alguna utilidad político-arqueológica? En la Unión Soviética existió un tiempo donde el nombre de Stalin se había situado no sólo junto al de Lenin, sino al de Engels y Marx. Stalin era una de las fuentes seminales y autorizadas del ya maduro pensamiento comunista. Además era un intérprete autorizado del sentido histórico y universal de la doctrina bolchevique. Se editaron sus obras completas en dieciséis volúmenes bajo el prestigio y la cobertura filológica del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú. Se imprimieron trece hasta el día de su muerte. Se tradujeron en casi todos los idiomas importantes. Sin embargo ha sido habitual entre los enemigos faccionales y detractores de Stalin (una contrahagiografía inaugurada por Trotski: “no es un filósofo, ni un escritor, ni un orador”) hablar con desprecio de su talento como teórico, subestimar su talento literario. Como un mecanismo psicológico de reducción de disonancia es más fácil creer que un hombre gris, un profesional de la política, provinciano llano (“ignorante semianalfabeto”, le llama Souvarine), semiculto asiático, un mero vulgarizador de Lenin, una “mancha gris” fue el que torció la maravillosa alborada del socialismo nacida en octubre de 1917. Pero no sólo la literatura política subestima la dimensión intelectual de Stalin, sino incluso historiadores modernos (como Laqueur que afirma que como pensador fue mediocre y sus ideas carecieron de carisma, un “líder inverosímil”). Coincidimos con historiador moderno Robert Service: “Era un asesino de Estado mucho antes de instigar el Gran Terror. El hecho de que no se prestara atención a sus inclinaciones parece inexplicable a menos que se tenga en cuenta la complejidad del hombre y del político oculto detrás de «la borrosa figura gris» que ofrecía a una multitud de observadores. Stalin fue un asesino. Fue también un intelectual, un administrador, un estadista y un líder político; fue escritor, editor y estadista. En privado fue, a su modo, un marido y padre tan atento como malhumorado. Pero estaba enfermo de cuerpo y de mente. Tenía muchas cualidades y utilizó su inteligencia para desempeñar el papel que pensó que se ajustaba a sus intereses en un momento dado. Desconcertaba, aterrorizaba, enfurecía, atraía y cautivaba a sus contemporáneos. La mayoría de los hombres y mujeres de su época subestimaron a Stalin. Es tarea del historiador examinar sus complejidades y sugerir el modo de entender mejor su vida y su época”.

En relación con Stalin, “el hombre que se expresaba con gruñidos” (Trotsky) nos resulta dificultoso ahondar en su faceta como lector, estudioso e intelectual, no existe un archivo comparable al de Lenin o Mussolini, ni tampoco será posible reconstruirlo en el futuro, ya que una parte importante de sus papeles fueron destruidos deliberadamente por sus herederos, incluidos sus objetos personales. Como Stalin se legitimaba políticamente considerándose a sí mismo como fiel continuador del leninismo, todos aquellos documentos o actividades autónomas del propio Stalin fueron ocultados, silenciados o eliminados físicamente. La idea de que era un cero a la izquierda, la ideología doméstica de ser una mancha gris era vital para que su régimen fuera considerado a los ojos de las masas un apéndice natural de las enseñanzas eternas de Lenin. Que consideremos a Stalin un vulgarizador, un campesino georgiano semiculto es otra de las grandes victorias de Stalin sobre la posteridad. Ocultar que Stalin era un erudito, con ideas independientes y originales de Lenin, fue una razón de estado. Stalin sabía jugar ese juego, cuando el mediocre biógrafo Emil Ludwig le preguntó si se consideraba un heredero del zar Pedro El Grande, Stalin simplemente le contestó: “soy simplemente un discípulo de Lenin”.

Cuando los archivos secretos del Partido Comunista de la URSS y del estado soviético comenzaron a hacerse accesibles en 1989 (proceso que se aceleró después del colapso y que se detuvo con la ascensión de Putin) los historiadores descubrieron una verdadera cueva de Alí Ba Bá. Se presentó una oportunidad única para arrojar luz sobre todos los aspectos de la experiencia soviética, sobre sus líderes y sus víctimas, explicaciones sobre sucesos que aun forman parte de nuestra memoria viva. Con los archivos y manuscritos de Stalin la NKVD (luego MVD) realizó un trabajo prolijo de destrucción y dispersión. De esta labor no se salvó su enorme biblioteca personal. Hasta 1918 Stalin no tuvo domicilio fijo, luego vivó en el Kremlin en un piso muy estrecho y luego a la llegada de su hijo Yakov se mudó a otro más espacioso. Es en este apartamento donde puede vérsele leyendo (debajo de un enorme retrato de Marx) y fue allí donde empezó a reunir una gran cantidad de libros y su propia hemeroteca. La mayoría de sus visitantes se quedaban sorprendidos de la amplitud y tamaño de su biblioteca. Su piso era, según una bibliotecaria del Instituto Marx-Engels-Lenin llamada Zolotujina “una suite de habitaciones abovedadas con una escalera de caracol que conducía al estudio de Stalin…la biblioteca se amuebló con gran cantidad de estantes pasados de moda que se llenaban con libros de todo tipo. Todos los escritores consideraban muy importante enviar sus libros al dirigente y normalmente incluían una dedicatoria personal”.

A partir de 1932 hasta su muerte en 1953 vivió y trabajó mucho tiempo en su residencia campestre en la afueras de Moscú, en la dacha blizhnaya (cercana, en ruso) de Kuntsevo. Especialmente diseñada para Stalin, la dacha tenía alrededor de veinte habitaciones, un invernadero y un solárium, además incorporaba un importante alojamiento auxiliar para la guardia pretoriana de la NKVD (300 soldados) y el servicio doméstico. Tenía un despacho, pero si hacía falta trabajaba en otras habitaciones. Su hija, Svetlana, recuerda que “mi padre habitaba en una sola habitación que le servía para todo. Dormía sobre un diván. Una gran mesa de comedor estaba atestada de papeles, periódicos y libros. En el extremo de esa misma mesa se le servía la comida, cuando comía solo. Una gran alfombra mullida y una chimenea eran los únicos objetos de lujo y de confort de que disfrutaba mi padre…”. La dacha tiene toda una historia simbólica en la historia rusa. Sus orígenes son aristocráticos: “dacha” en ruso significa “algo que ha sido otorgado” y al costumbre se inició en el siglo XVIII cuando Pedro El Grande otorgaba lotes de tierra a sus nobles más fieles en el camino a San Petersburg (donde se había construido su residencia de verano en Peterhof) con la obligación de construir hermosos chales de campo que debían poseer jardín y construcción de material durable. Pero este fenómeno burgués del período tardío del imperio zarista se impuso como moda en la pequeña burguesía rusa de las ciudades, lifestyle que se mantuvo entre los cuadros bolcheviques sin interrupciones. La Nomenklatura adoraba las dachas. En la época soviética, dada la vida peligrosa, miserable y sucia en las ciudades, se hizo atractivo para los apparatchikis del partido irse a los extrarradios en dachas expropiadas. Lentamente se transformaron en una gratificación para los burócratas más fieles y las élites culturales (el film “Utomlyonnye solntsem” de 1994, dirigido por Nikita Mikhalkov nos presenta la vida de un cuadro militar en una típica dacha en la década de los años ’30). Stalin desplazó allí una gran parte de su biblioteca personal, la que ubicó en un edificio aparte. Únicamente trabajaba en su oficina del Kremlin por las tardes; tras estudiar los documentos oficiales, ocupaba las horas restantes recibiendo a la gente que había citado, celebrando reuniones y discutiendo asuntos del partido. En la dacha Stalin se sentía más íntimo, mantenía conversaciones confidenciales, leía el correo y, lo que nos interesa, leía profusamente, escribía y redactaba cartas. Había copiado el método epistolar de Lenin: escribir un gran número de cartas y notas a mano en las que se dan órdenes y directrices, sin copia y entregadas al destinatario a través de un mensajero especial asignado por la policía política, la CheKa. No sólo: era además poeta, autor y editor de libros, censor riguroso y crítico de obras de teatro, películas, música y arte en general. Tan insomne como el sonámbulo Hitler, Stalin solía tener varios libros en su mesita de noche y los leía u hojeaba hasta altas horas de la madrugada. Con un lápiz negro en mano realizaba subrayados, abundantes anotaciones y addenda en los márgenes. Escribía muchas reseñas de libros, revistas y de artículos periodísticos, todos sus textos eran gramaticalmente correctos y limpios. Stalin era sin dudas en secreto un hombre culto. Le irritaba profundamente encontrarse con errores tipográficos, ortográficos y gramaticales, que corregía minuciosamente con un lápiz rojo. En cuanto a su propia producción intelectual no utilizaba ni secretario ni copista, como le confesó al director del “Pravda” Shepilov “yo no utilizo taquígrafo nunca. No puedo trabajar con alguien merodeando por ahí”. Stalin escribía a mano, con claridad y siempre cuando estaba solo. Poseía cierto talento creativo, en el sentido de que creaba sus artículos de la nada, trabajándolo en un ritmo bastante lento y con frecuencia realizaba ajustes y correcciones en el producto final. Era fiel a una frase que gustaba de repetir: “El papel acepta todo lo que se escribe en él”. Sus manuscritos originales los guardaba en su famosa caja fuerte personal, de la que nadie tenía copia de su llave. Pocos de estos manuscritos se han encontrado: han desaparecido con todo lo demás. Stalin era muy ordenado, minucioso y obsesivo cuando preparaba las reuniones a las que asistía, allí también empleaba su oficio de lector y escritor: preparaba metódicamente en cuadernos de notas comentarios para las reuniones del Buró del Comité Central, con bosquejos de los asuntos a tratar, citas de libros y diarios, e incluso pequeñas biografías de sus eventuales oponentes. Según testigos, Stalin tenía una capacidad de lectura impresionante: leía u ojeaba un promedio de doscientos documentos diarios. Hasta la fecha no se sabe nada del destino de sus manuscritos y las anotaciones excepto que a su muerte quedaron en la dacha. Beria, entonces jefe de la NKVD, empaquetó todas las pertenencias, incluidos libros, muebles y la loza, en camiones hacia un depósito secreto de la policía política. Aunque se conservó un parte de la biblioteca personal, todos los manuscritos, cartas y otros documentos desaparecieron. En octubre de 1953 se nombró una comisión especial en el Instituto Marx-Engels-Lenin-Stalin (se añadió el nombre de Stalin justo después de su funeral) con el objeto de establecer sus obras completas y transformar la dacha en un museo. Por supuesto la parcial desestalinización detuvo en seco todos estos proyectos. Debido a la ideología del régimen Stalin puso un enorme interés en cómo se reflejaba su labor en la historia de la Unión Soviética y en especial en los años previos a la revolución (historia del partido bolchevique y la lucha faccional) y en su relación con Lenin. Permitió a los historiadores utilizar material de su archivo y biblioteca, aunque únicamente a través de un permiso especial; incluso los ayudaba enviándole una gran cantidad de documentos, material supersensible que se guardaba en ficheros especiales lacrados, la mayoría originales (como el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939).

Stalin siempre fue un gran aficionado a la lectura y a los libros. Ya en su infancia poco conocida sabemos que Stalin, entonces llamado “Soso” por su madre, era un alumno de gran memoria para lo concreto. Y que antes de ser conocido como revolucionario fue un poeta romántico (en el mejor estilo del joven Marx) que incluso llegó a intentar publicar su poemario. Algunos poemas fueron publicados con el seudónimo de “Soselo” cuando tenía diecisiete años. En su paso por la educación primaria devora la biblioteca de la escuela (cuidadosamente depurada por los jesuitas) e insatisfecho completa sus lecturas con obras no autorizadas de bibliotecas de la ciudad de Gori. A menudo se lo ve con un libro entre las manos, incluso en pleno verano. Ya en el seminario secundario de Tiflis es un curioso intelectual: un guardia le confisca un formulario de abono a la biblioteca municipal. El libro que había tomado prestado, “Les travailleurs de la mer” de Victor Hugo, le cuesta un castigo en una celda. Antes había sido sorprendido leyendo “Quatrevingt-Treize”, también de Hugo. En estos textos se exalta la Convención revolucionaria y se realiza un retrato épico del ficticio revolucionario jacobino Gauvain. Al poco tiempo lo vuelven a castigar por leer la “Evolución literaria de las distintas naciones” de Letourneau. Es la misma época que descubre la novela georgiana nacionalista de Alexandr Kazbegi, “El Parricida”, cuyo héroe es su próximo apodo, Koba. Devora a Goethe y Shakespeare en traducción georgiana. Además por testimonios de compañeros de estudios sabemos que Stalin leía publicaciones prohibidas a grupos de estudiantes. Un día que un tal padre Dimitri entró en el cuarto de Stalin lo encontró leyendo “¿No ves quien está delante de ti?, preguntó el monje… No veo más que una mancha negra delante de mis ojos”. Soso fue finalmente expulsado del seminario. Los escritores al estilo Trotsky que nos presentan a Stalin como un semianalfabeto campesino, ignoran que el seminario representaba una de las mejores instituciones educativas para las clases más bajas y que su currículum pedagógico incluía latín, griego, eslavo así como historia y literaturas universales. Ya en 1905, revolucionario convencido, Stalin comienza a escribir profusamente con su estilo definitivo, haciendo exégesis y utilizando fórmulas cuasireligiosas: “sólo el proletariado puede llevarnos a la Tierra prometida”, “el Gobierno ha pisoteado y ha escarnecido nuestra dignidad humana, lo más sagrado de lo sagrado”. Usa el método del catecismo: preguntas y respuestas: “¿Podéis impedir que salga el Sol? ¡Esta es la cuestión!”. Y utiliza expresiones que no abandonará: “como es sabido”, “como cada uno sabe”, es evidente”. En conceptos claves usará para siempre las cursivas. Sus lecturas y puntos de vista lo hacen un bolchevique no leninista en un principio. En su derrotero de exilio y cárcel siempre se afilia a bibliotecas municipales y se suscribe a periódicos y revistas. Stalin, contra la historiografía filotrotskista, tiene autonomía teórica suficiente para enfrentarse al semidiós Lenin en tres momentos claves. Primero en el Congreso de Estocolmo de 1906 discrepó en la cuestión agraria (Lenin era partidario de la “nacionalización” de la tierra; Plejanov y los mencheviques por la “municipalización”; la tercera posición era la de los bolcheviques no leninistas rechazaban ambas posiciones y se definían por el “reparto de las tierras”), cuestión en la que ganó Stalin y que luego fue confirmada por los hechos en octubre de 1917; fue en el mismo congreso donde recitó entero un poema del radical Nikolay Alexeyevich Nekrasov. Segundo al esquemático Lenín filósofo y su libro “Materialismo y Empiriocriticismo” (1909), un ataque teórico-político a la facción bolchevique de Alexander Aleksandrovich Bogdanov y Maxim Gorki; Stalin califica la intervención como dogmática, bizantina “una tempestad en un vaso de agua”, que su concepción del materialismo es pre-marxista y que detrás de supuestas discrepancias filosóficas sólo hay una pelea de egos. Su última oposición es a la caracterización de Lenin de la revolución de febrero de 1917 y las famosas “Tesis de Abril” en 1917. Stalin, como director del “Pravda” en esa época, rechazo y censuró muchos artículos de Lenin enviados desde su exilio en Suiza. Recordemos que en su mejor trabajo teórico, “El marxismo y la cuestión nacional” (1913), Stalin construye un texto convincente, muy bien escrito, con fuentes en idioma alemán y bien informado de los problemas de las nacionalidades en la Europa Central. En 1918 se le entrega su primer apartamento en el Kremlin, donde pudo empezar a acumular su propia colección de libros, que al final de su vida alcanzó los treinta mil volúmenes. Sabemos que en 1925, en plena lucha de facciones, Stalin encarga a su secretario personal, Iván Tovstuja, que clasifique y complete su biblioteca personal, y con este propósito diseña un esquema de clasificación por temas. Así define treinta y dos secciones, a la cabeza de las cuales figuran la filosofía, la psicología, la sociología y la economía política; no es tonto: “Lenin y el Leninismo” ocupan una paupérrima vigésimo tercera posición. Manda colocar aparte la literatura de los exiliados y autores ligados a la Guardia Blanca, a Marx, Engels, Kautsky, Plejanov, Trotsky, Bujarin, Zinoviev, Kamenev, Lafargue, Luxemburg y Radek. Varios de estos ejemplares profusamente anotados por el lacónico Stalin. Por ejemplo en el libro de Karl Kautsky “Terrorismo y Comunismo” (1919), crítico tanto de la dictadura del partido único como del estado de sitio y la pena de muerte, en el párrafo donde dice que “los líderes del proletariado han comenzado a recurrir a las medidas extremas, a medidas sangrientas, al Terror” Stalin remarca con un círculo éste párrafo y escribe “¡Ja, Ja, Ja!”. En la respuesta bolchevique a Kautsky, el libro de Trotsky “Terrorismo y Comunismo. Anti-Kautsky” (1920), cuando se exalta la necesidad y la justicia de la violencia proletaria soviética “la revolución exige que la clase revolucionaria haga uso de todos los medios posibles para alcanzar sus fines… el terrorismo si es preciso” Stalin agrega una entusiasta nota. “¡Correcto! Bien dicho, así es”. También sabemos que por esa época inicia cursos de filosofía y lógica con un discípulo de Bujarin. Su profesor fue Yan Sten, un filósofo ligado a la corriente del "idealismo menchevizante" (Deborin), que caerá durante la represión a la llamada plataforma de Ryutin. Cuando se mudó después del suicidio de su segunda esposa una gran parte de esta biblioteca se fue con él, se ubicó los libros en estanterías corrientes y se hizo cargo de su funcionamiento un bibliotecario diplomado. Según la bibliotecaria Zolotujina “la única habitación agradable era la biblioteca, donde la sensación era acogedora… los libros estaban almacenados en un edifico contiguo y se le entregaban a Stalin de acuerdo con sus instrucciones”.

Todos los líderes bolcheviques de la vieja generación se hicieron, por las expropiaciones y confiscaciones, con bibliotecas considerables (los mejores provistos habían sido Trotsky, Bujarin, Zinoviev, Kamenev, Molotov, Kirov y Zhdanov). Los emigrados, fusilados y encarcelados entregaban al estado su biblioteca que se almacenaban en locales donde los bibliotecarios estatales podían escoger los ejemplares que necesitaran. Durante los años ’20 con la creciente dictadura del partido único y la creciente censura (el único período en el que no hubo censura fue entre febrero y octubre de 1917) se estableció una nueva práctica llamada eufemísticamente “la entrega” (raznoska). Consistía en entregar ejemplares por adelantado de todos los libros para que se distribuyeran entre los altos cargos del Partido, miembros del Comité Central y funcionarios destacados. Cada editor poseía una lista de cargos públicos claves a quienes tenía la obligación de enviar ejemplares antes de que se vendieran al lector. Se trataba de un tipo de censura especial añadida. El destinatario podía guardar el libro o devolverlo al editor con notas, sugerencias y comentarios críticos. En caso de no devolverse el editor podía suponer que la Nomenclatura no se oponía a su publicación o que le resultaba indiferente. Naturalmente Stalin también recibía ejemplares por adelantado de la mayoría de las editoriales, especialmente en su área de interés: política, economía, historia y arte. Pero lo que más impresiona es que Stalin, como en su juventud, estaba obsesionado por la literatura rusa, en especial por Alexandr Pushkin. En su biblioteca había gran variedad de libros sobre él, todos publicados durante el período soviético, viejas ediciones sueltas además de unos cuantos ejemplares tenían sobrecubiertas de librerías de segunda mano. También le interesaban las obras sobre Pedro El Grande e Iván El Terrible. Poseía libros en alemán, idioma que estudió de joven pero que nunca dominó y leía toda la literatura en ruso de los exiliados, incluyendo las célebres biografías de Voroshilov y otros mariscales militares escritas por Roman Gul. Ya en la posguerra empezó a interesarse por los libros y revistas de arquitectura, lo que debía estar relacionado con la construcción de grandes edificios utópicos en Moscú. Por supuesto, Stalin poseía todas las ediciones de Marx y Engels, tanto la Werke como la primera edición completa inconclusa, la MEGA, emprendida por el ejecutado David Riazanov; todas las ediciones de Lenin que se habían publicado desde 1917. Gracias a sus addendas continuas y subrayados sabemos que leía a Lenin con total dedicación. Tenía la colección completa de las ediciones del renegado Karl Kautsky y del águila Rosa Luxemburg, así como de la mayoría de los escritores de izquierda alemanes. Por supuesto su biblioteca contaba con todas las obras de sus rivales políticos de mayor envergadura: Trotsky, Bujarin, Kamenev, Radek… De los clásicos de la filosofía política poseía un ejemplar anotado de “El Príncipe” de Maquiavelo. Stalin poseía un talento excepcional para la lectura rápida, amén de una memoria, reconocida hasta por sus enemigos, prodigiosa. Durante los conflictivos años ’20 escogía, a través del servicio de la biblioteca del Kremlin, una media anual de quinientos libros que leía u ojeaba. Incluso durante la guerra, en 1940, se las ingenió para leer el primer tomo de al edición rusa de las obras escogidas de Bismarck, haciendo una serie de correcciones y comentarios en los márgenes del prólogo. Se tuvo que postergar la publicación para que se pudiera reescribir el prólogo y añadir la revisión de Stalin. La mayoría de los libros llevaba un ex libris que decía lacónicamente “Biblioteca de Stalin”, y se estamparon alrededor de cinco mil quinientos volúmenes de este modo. Pero muchas ediciones de clásicos rusos y extranjeros, al igual que libros de economía, ciencia y arte, nunca se sellaban y normalmente no tenían nada anotado de su mano. Actualmente de su biblioteca original sólo quedan en el archivo del RTsKhIDNI (Rossiiskii tsentr khraneniya i izucheniya dokumentov noveishei istorii, Centro Ruso para la Conservación y Estudio de Documentos de la Historia Reciente), ahora llamado Archivo Estatal Ruso de Historia Sociopolítica (RGASPI), exactamente 391 libros que contienen apuntes, comentarios, subrayados y correcciones de Stalin. La única prueba de la erudición que nos queda de Yósif Vissariónovich Dzhugashvili.

Una última anécdota literaria. Una noche de 1948 un vehículo de la Seguridad recoge en su domicilio al poeta Arseni Tarkovski, padre del director de Andrei Rublov. Se lo lleva a la sede del Comité central. Allí Alexander Nikolayevich Shelepin, secretario de las Juventudes Comunistas (futuro jefe de la KGB bajo Brezhnev) le explica que con motivo de la celebración del setenta cumpleaños de Stalin se ha tomado la decisión de estado de publicar en ruso los poemas románticos de su juventud. Como estaban escritos originalmente en georgiano se le concede el enorme honor de traducirlos. En el acto le entrega una cartera de cuero que contienen los precisos escritos de puño y letra de Stalin. Ya Lavrentiy Pavlovich Beria había consultado para la traducción a Boris Leonidovich Pasternak. Al llegar a la fecha prevista Tarkovski no ha podido traducir más que los cuatro primeros versos del primer poema. Cuando vuelven a buscarlo está desesperado. Shelepin le introduce en su despacho, cambia su ánimo cuando le informa “con la modestia que le caracteriza, el camarada Stalin ha vetado nuestra decisión”. Le pagan una suma astronómica para la época por su pizca de traducción quién luego recordó: “Eran unos versos absolutamente aceptables, muy correctos, inocentes. Nada de lucha de clases, nada de desigualdades sociales. Hablaba de flores y de pajaritos”. Un año después Stalin realizaba una confesión a un amigo sobre su vocación de poeta perdida: “Perdí interés en la escritura poética porque requiere una atención completa, un infierno colmado de paciencia…en esa época era un tiro al aire”.

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lunes, julio 31, 2006

Céline en la URSS. Destouches en el País de los Soviets

I. El panfleto es un género literario muy moderno, además de periodístico. Libelo difamatorio u opúsculo de carácter agresivo, nos avisan los guardianes de la ideología lingüística. Es el arte de manipular y subvertir. Estamos en el mundo de la baja literatura: el brulote difamatorio, la sátira antirreligiosa, el Flyer político, la estampa licenciosa; todos ellos circulan haciendo malabares con los pseudónimos, las falsas atribuciones y las firmas paródicas. El libelo pertenece a los pertrechos básicos de la literatura de combate; su lema es: “Nihil inultum!”, nada sin castigo. ¿Ha sido la antorcha del abrazo revolucionario de la modernidad? Sin duda. Generalmente es corto y virulento, ataca el orden de las cosas, el “status quo” establecido. Según la clasificación burocrática de la UNESCO no debe ser menor a las 5 ni exceder las 48 páginas. La etimología es incierta y nebulosa. Proviene según unos del antiguo griego: así Saint-Laurent en su Dictionnaire encyclopédique usuel descubre su empleo nada más ni nada menos que por Sófocles, incluso por el gramático y retórico Ateneo de Naucratis, quienes utilizan la palabra “pamphlectos”, de “pan”: todo y de “phlégo”, quemar o arder. Ojo que también pamphilus del griego quería significar bondadoso, calmoso, lento para pagar deudas. Metáforas incendiarias. Otros buscan su partida de nacimiento en un origen latino lejano: Pamflette será citado por Dirk van Asenede en su traducción neerlandesa de una comedia en verso latina del siglo XII titulada “Pamphilus seu de Amore”. Los italianos lo derivan del inglés, del vocablo pamphilet o panflet (de la forma anglolatina: panfletus), diminutivo del personaje del poema popular Pamphilus (con lo que volvemos al punto de partida). Si en las lenguas romances hay tanta duda y oscuridad, si a los ingleses no les molesta su origen, para clarificar las palabras está el alemán con su relación exacta entre cosa y concepto. Panfleto es “Flugblatt” o “Flugschrift”, algo así como un escrito volador (en Austria se le llama wittgenstianamente “Flugzettel”) y se lo define como un medio de protesta primario. Ya existía como tal en 1488. La sabia y complicada lengua alemana prefiere destacar la volatilidad de la escritura que la temperatura pasional de quién lo forjó. Además panfleto no debe confundirse ni con la sátira, ni con la polémica. El término “pamphlet” aparece por primera vez oficialmente como tal en Francia en 1824 por el panfletario par excellence: Paul-Louis Courier : Le Pamphlet des pamphlets. El panfleto está determinado (fatalmente) entonces por su carácter temporal, intencional, estilístico y circunstancial. Yves Avril lo dice con claridad: “Escrito de circunstancia, que ataca, más o menos violentamente, unilateralmente a un individuo, una idea o un sistema ideológico, del cual el escritor revela, bajo una presión urgente y liberadora, la impostura”. El panfletista declama una evidencia o una carencia; se ve obligado a usar un lenguaje maximalista, patético e hiperbolizado, ya que anuncia una catástrofe o la muerte de cualquier cosa (una noción, un valor, una moral…); el panfletista no necesita argumentos, ni aporta pruebas, pues busca la acción sin mediaciones. El motor inmóvil del “Flugblatt” es, dicho de otra manera, el desenmascaramiento cínico.

II. En sus clarividentes “Strahlungen”, los diarios de guerra del nacionalbolchevique, entomólogo y fumador de opio Ernst Jünger (memorias de la ocupación alemana de Francia en la cual participaba como capitán en el Estado Mayor de von Stülpnagel y Speidel) en la entrada correspondiente a París del día 7 de diciembre de 1941 anota: “Por la tarde en el ‘Instituto Alemán’. Allí, entre otros, Merline, alto, huesudo, robusto, un poco tosco; pero vivaz en la discusión, mejor dicho, en el monólogo. Habla con el gesto concentrado del maníaco y los ojos hundidos y brillantes… se tiene la impresión de que este hombre camina hacia una meta desconocida… (me dice) ‘si los bolcheviques estuvieran en París les enseñarían cómo se hace, cómo se depura a la población barrio por barrio, cómo se peina casa por casa’…” Jünger se sorprende de este escritor francés que le exige a los propios alemanes más dureza de la voluntad en su guerra de exterminio en el Ostfront. Y no le parecía suficiente la brutalidad de la Ordenanza de los Comisarios (la infame “Richtlinien für die Behandlung der politischen Kommissare”) que había sacado a las tropas soviéticas de la Convención de Ginebra. ¿Pero quién era este antibolchevique iracundo? El “Merline” jüngeriano no es otro que Louis-Ferdinand Destouches, (nom de plume Louis-Ferdinand Céline), simplemente Céline, el médico-escritor más revulsivo del siglo XX. Revulsivo no sólo por su primera formidable anti-novela, “Voyage au bout de la nuit” de 1932 (¡112.000 ejemplares vendidos!), sino por el uso y abuso de sus propios y peculiares “Flugblatt”, panfletos que todavía hoy no han sido re-impresos ni siquiera en Francia (por interdicción en vida del propio Céline y luego de su viuda, Lucie Almansor-Destouches). Uno de ellos se titula “Mea culpa suivi de La Vie et il'œuvre de Semmelweis”, técnicamente un “pamphlet” de acuerdo a la Bibliographiei dei la France. El editor Denoël et Steele (una novel editorial creada en 1930) declara que se imprimieron 180 ejemplares numerados y una tirada normal de 28.435 ejemplares. El formato es de 19 cm. y pertenece a una colección, “Communisme”, dirigida por André Bernot. El registro editorial es de 1936, y es puesto a la venta el 2 de enero de 1937. Tendrá traducciones casi simultáneas en inglés, alemán y español (en la editorial Sur). “Mea Culpa” ocupa las primeras 27 páginas, pero antes nos enteramos que del mismo autor se anuncia “Casse-Pipe. Honny Soit”. El primer insert nos informa que Céline ha hecho un viaje a Rusia, que su espíritu trágico revelará las realizaciones comunistas en la URSS, y que sus blasfemias hacia los nuevos dioses no son distintas a las que les aplicó a los antiguos. Seguramente se ha hecho de nuevos enemigos, pero Céline jamás busca amigos. Un Témoignagei de resonancia mundial, concluye el publicista de solapas. La editorial edita sin cortapisas a Mussolini (un éxito de ventas) o al Néstor de la extrema derecha, Leon Daudet junto con el freudismo más ortodoxo de la princesse Marie Bonaparte, al propio Freud y Stalin, o al stalinista Louis Aragon y a nuestro comisario de la Policía Federal, Don Julio Alsogaray, narrando una historia de la prostitución en Argentina. El editor, Robert Denoël, será asesinado misteriosamente en Paris en 1945 por un desconocido de la Resistencia.

III. En la década de los años ’30 estaba de moda el Grand Tour a la URSS, ya no como visita diplomática sino como turismo revolucionario que servía de propaganda y reforzamiento ideológico. Entre 1934-1938 llega al final este curioso sistema de visitas autoritariamente guiadas: aunque los que vuelven ya no son tan dóciles ni ingenuos como Welles o Benjamín (hablamos de Barbusse, Rolland, Bloch, Friedmann quien denuncia el maquinismo y la explotación stakhanovista). ¡Hasta el mismo Tintin tuvo su viaje iniciático desde la extrema derecha! El punto de no retorno lo marcó André Gide con su “Retour de l'U.R.S.S.” (1936), a quien le corresponde el honor de ser el primer escritor de izquierdas que denuncia al capitalismo de estado de Stalin. Su libro explota ya en medio de la Guerra Civil española. Es un “¡Yo acuso!” que hará época.

El viaje de Céline a la Rusia de Stalin es bien conocido en los círculos “destouchianos” (y en la gran biografía de Gibault): su amistad con Aragon y su mujer, Elsa Kagan Triolet (la hermana de Lily Brik, el gran amor de Maiakovsky). Elsa había logrado que Aragon se afiliara al PCF además de traducir por primera vez los poemas del gran poeta ruso en Occidente y tenía gran ascendiente en la burocracia cultural de la Nomenklatura. Logró que se proyectara una traducción al ruso de “Voyage…”, traducción que nunca finalizó. En Rusia (y no sólo) había una especie de malentendido con respecto a Céline: en el Iº Congreso de Escritores Soviéticos, celebrado en agosto-septiembre de 1934, donde participaron entre otros Malraux y el propio Aragon, se debatió el enigma Céline y se leyeron ¡siete! comunicaciones sobre su obra (de figuras de la época y del régimen, como Andrei Jdanov, Maxime Gorkii, Iourii Olecha, Vera Inber). Sin duda la recepción de “Voyage…” fue un enorme error ideológico, un equívoco de magnitud: Leon Trotsky le había hecho una recensión muy positiva; incluso Sartre elegirá dos frases de “L’Eglise” como obertura a “La Nauseé”… ¡en 1938!

IV. Pero por lo pronto Céline está en Leningrado vía Estocolmo, aunque no se conoce con precisión el momento de su llegada, sus recorridos (¿viajó a Moscú?). Ya se sabe con los viajes: “El viaje es la búsqueda de esa nada, de ese pequeño vértigo para bobos…”. La única pista es una postal enviada a sus amigos (J. Bonvilliers y G. Paul) fechada 4 de septiembre de 1936 en Leningrado, la cual comenzó con “¡Merde!”, y termina con su firma misteriosa “Louis F.”. Céline posiblemente llegó a Rusia a fines de agosto, a título privado, sin invitación oficial. Se hospeda en el “Grand Hotel Europe”, el más lujoso de la ciudad, ayer y hoy. Céline lo recuerda: “en Leningrado, alrededor de los hoteles, si uno va como turista, se empujan para comprarle a uno de los pies a la cabeza”. No hay notas de prensa, ni noticias de su llegada en las revistas literarias. Con visado especial, le colocan una guía de INTOURIST, Natalie, dócil, educada y espía, sin dudas: entregaba un informe diario de la jornada. Aparecerá en “Bagatelles…”: “Quand je dis que leur came aux Soviets c'est de la pauvre ordure, je sais ce que j'avance. Je les ai faites toutes leurs boutiques, des grandes rues, avec Nathalie ... C'est pas croyable comme immondice le genre qu'ils exposent ...”. Se puede desplazar libremente por la ciudad y los alrededores, lo que implica encontrarse con trabajadores, campesinos, beber y comer fuera del circuito oficial, encontrarse con el populismo lírico de los bajos fondos. Preguntarse metodológicamente, como Bardamu en “Voyage…”, por el suplicio del pobre: “¿es así de interminable? ¿es más tenaz que su hambre?” Yezhov, nuevo jefe de la NKVD no sabe a quién ha dejado entrar en la madriguera. No son buenos tiempos: entre el 19 y el 24 de julio Zinoviev, Kamenev, Smirnov y otros trece cuadros son juzgados por traición en Moscú. Es el llamado “Primer Proceso de Moscú”, se les acusa de formar parte de un “centro trotskista-zinovievista”, haber asesinado a Kirov en 1934, planear atentados contra Stalin y toda la troika y colaborar con la GeStaPo. Los condenados son ejecutados una hora después de la sentencia. Además 160 personas serán detenidas y ejecutadas en relación con este juicio mientras Céline recorre la ciudad rumiando (“¡Las coaliciones aviesas! ¡Las conspiraciones repugnantes! ¡Los procesos apocalípticos! ¡Hay que encontrar demonios! ¡Chivos emisarios!... Sofocar la dura verdad: que no resulta el ‘hombre nuevo’… a los que no comprenden: se los fusila”). Volverá frenético. Abordará un barco, el “Meknes”, el 21 de septiembre, ahora por Copenhague, llegará al puerto de El Havre el 25. Desaforado le escribe a sus amigos. Sus juicios son terminantes: “J'ai ete a Leningrad pendant un mois. Tout cela est abject, effroyable, inconcevablement infect. Il faut voir pour croire. Une horreur. Sale, pauvre, hideux. Une prison de larves. Tout police, bureaucratie et infect chaos. Tout bluff et tyrannie”. ¿El paraíso socialista? ¿La aurora de la humanidad? Todo no es más que un bluff y tiranía en estado puro. Su testimonio será inolvidable e insoportable: vomitará su punto de vista en un mes.

V. “Mea Culpa” lleva a cabo el programa de investigación científica de Bardamu: desenmascarar. No le cuesta mucho hacer un acto de fe en su confrontación con la URSS. La tonalidad emotiva la da el exergo del libro: “Todavía me faltan algunos odios. Tengo la certidumbre de que existen”. El odio es el leit-motiv del pamphlet. ¿No fue antes el odio contra la guerra absurda, las jerarquías y el ejército, los ricos y el dinero, contra el cinismo de la vida burguesa, contra el falso amor burgués, contra el colonialismo y los pueblos sin historia, contra el americanismo y el fordismo? ¿este odio no abría brecha a la vida? El explícito referente del odio à lá Bardamu es el stalinismo (el antijudaísmo está latente esperando otra ocasión). Pero el stalinismo es, sans phrase, comunismo desplegado. Se denuncia una culpa, aquella de la mentira institucional y tal la tarea: destruir sin consideraciones todo esquema que se alimente de ella. El inicio, como decía Heidegger, es significativo: “Lo que seduce del Comunismo, la inmensa ventaja, a decir verdad, es que va a desenmascararnos al Hombre, ¡por fin!” Desenmascarar al hombre, re-ligar la separación entre ser y apariencia, tema muy cercano a Schopenhauer (filósofo celiniano, si lo hay). El mundo como Mayá, pura ilusión, la liberación de la apariencia. Esta era la promesa del marxismo, su crítica materialista a Hegel, la que fracasa miserablemente en Rusia. No es lo común: es la impostura de “individualismos coaligados, no fundidos en una existencia social”. El fracaso del comunismo es que cree ser completamente materialista y no lo es en profundidad. Ignora el último individualismo, el esencial que lleva todo a la farsa, a pesar de todo: “el egoísmo rabioso, de hiel, gruñón, invencible, satura, penetra, corrompe ya esa atroz miseria, exuda a través, la hace más hedionda todavía”. No se puede decir que Céline se desilusionó en el viaje, como sostienen muchos biógrafos; ya en 1934 en una carta se autodefinía así: “Je suis anarchiste depuis toujours, je n'ai jamais vote, je ne voterai jamais pour rien ni pour personne. Je ne crois pas aux hommes [ ...]. Je n'ai rien de commun avec tous ces chatres - qui vociferent leurs suppositions balourdes et ne comprennent rien. Vous voyez-vous penser et travailler sous la ferule du supercon Aragon par exemple ?”. No es un anarquista, sino un Anarka, al decir de Jünger. Ni droit, ni gauche: allí está la tentación fascista de los literatos franceses del ’30.

El optimismo antropológico de la ideología stalinista hace a la mentira mucho más colosal todavía: “El hombre es todavía muy otra cosa, mucho más turbia y vomitiva que la cuestión de la olla”. Es la otra parte del método: una “no-doctrina”, como Dostoievski. No hay ni debe haber presupuestos espirituales, pero el stalinismo sigue enmascarando tanto al hombre como a la vida. Pero es un enmascaramiento más peligroso, como dirá en una entrevista en 1933, porque si la locura es peligrosa, la locura como ideología de estado colectivista es inmensamente destructiva. El comunismo en 1936 se le presenta como una variante, la penúltima, de mistificación materialista, que no alcanza a aprehender la complejidad de la totalidad, y mucho menos de la vida. “La miseria persigue implacable y minuciosamente al altruismo y las más gentiles iniciativas son impíamente castigadas”, es el mensaje de Céline-Bardamu que resuena en la bóveda injuriosa del “Mea Culpa”. Pero la URSS tiene otra mentira aplicada: el maquinismo, el taylorismo (la versión leninista: el stakhanovismo) más feroz y explotador que en las propias usinas Ford de Detroit (en la cual trabajó). “Para el espíritu, para la alegría, en Rusia, hay la mecánica… La máquina es la infección misma ¡La derrota suprema!... Yo he sido médico en la Ford y sé lo que digo ¡Todos los Fords se parecen, soviéticos o no!”. Se ríe a carcajadas de la figura del mito soviético al trabajo: el minero Aleksei Grigorievich Stakhanov (“¡Minero! ¡La mina es tuya! ¡Desciende! ¡Ya no harás más huelga! ¡Ya no te quejarás nunca más!”). Concluye: “un sistema comunista sin comunistas. ¡Tanto peor! ¡Pero que nadie de afuera se de cuenta! ¡El que lo diga será ahorcado!”. El hombre está derrotado en toda la línea: “toda la Rusia vive al décimo de un presupuesto normal, menos Policía, Propaganda y Ejército”. La injusticia disimulada bajo una nueva nariz, más poética, “mucho más terrible que la antigua, mucho más anónima, perfeccionada, intratable”. La dictadura del partido único con la ideología de legitimación del DiaMat produce un régimen totalitario más perfecto: la capacidad industrial de legitimación de masas privando a la multitud de la voluntad de rebelión. Y la burocracia, ya insolente, autoritaria, mortal y prepotente: “El Hombre… ve pasar al Comisario en su Packard no muy nuevo… ¡Ah! ¡ha sido reemplazado el patrón! ¡Han subido al estrado nuevos rufianes! ¡No se ha precisado mucho tiempo!... ¡He aquí los nuevos apóstoles!”. Celine concluye: “una Revolución sólo hay que juzgarla veinte años más tarde”, pero el diagnóstico es certero: “¡Mirad… en esa URSS como la guita se ha rehabilitado rápido! ¡Cómo el dinero ha readquirido inmediatamente toda su tiranía! ¡Y todavía al cubo!”. La violencia verbal, inaudita, sin medida, sólo es una via regia para demostrar la decadencia histórica. Ayer del capitalismo; hoy del stalinismo. Ninguna diferencia, nada ha cambiado desde la perspectiva celiniana…

VI. Céline también fue malentendido durante la guerra. Y después de ella. Imbuido de la Kriegsideologie (que había vislumbrado un materialismo superior al del marxismo) intentó, como Drieu La Rochelle, encontrar una base popular, fundir lo social en lo nacional. Encontrar “la inspiración popular del fascismo”, un socialismo fasciste. No hablaremos aquí de sus años negros en la Francia de Petain, del contrabando de ideas eugenistas y racistas a través de la medicina, del racismo higienista y pasteurienne, de su candidatura con Pierre Laval como Comisario aux affaires juives, etc. Fue huyendo a través de Francia hasta establecerse con el gobierno de Vichy en el exilio en Sigmaringen. Víctima principal de la rabiosa Épuration, junto con Brasillach, Drieu de la Rochelle, Giono, Maurras, Morand, De Montherlant y otros. Se le acusó de colaboracionista con la ocupación nazi. Algunos serían fusilados. Otros buscarán la salida en el suicidio. Céline se refugiará en Dinamarca. El ministerio público lo juzgó no por convivencia con el enemigo, sino por el delito menos grave de “actos de naturaleza que perjudicaban la defensa nacional”. El proceso se celebró por contumacia en febrero de 1950; Céline en su exilio lo llamó “un caso Dreyfus al revés”. Fue condenado a un año de prisión, multa, confiscación de la mitad de sus bienes y degradación de por vida; al año siguiente fue amnistiado. Parece que el burocrático tribunal no relacionó el Destouches del expediente con el enorme y polémico Céline. Nunca trató de parecer correcto o presentable. En este momento los panfletos de Céline parecen haber sido perdonados: en 1984 el prefecto de París autorizó la colocación de una placa conmemorativa en el domicilio donde vivía durante la ocupación alemana. El mismo departamento que fue incendiado por una turba y en la cual se perdieron varios capítulos de su novela “Casse-Pipe”. En mayo de 2002, el primer manuscrito de “Voyage…” fue subastado en París por casi un millón ochocientos mil dólares. Las 876 páginas del original –llenas de tachaduras y correcciones– quedaron en Francia ya que la Bibliotèque Nationale interpuso su derecho prioritario para que el texto no salga del país. La suma superó el monto en que fue subastado el manuscrito “En busca del tiempo perdido”, de Proust, otro clásico, rematado en 2001 por Christie’s en poco más de un millón de dólares. Se pagó con parte de los fondos públicos más la donación de… un comerciante de armas millonario saudita llamado Akram Ojjeh. El enigma Céline es simplemente la revelación de que la verdad es un agonía que nunca acaba. En su retiro voluntario en Meudon, Céline sabía que realizaba ad litteram la extraña profecía de Bardamu: “Amamos nuestro infortunio… Yo había partido en una dirección de inquietud. Uno toma su papel y su destino muy en serio, sin darse cuenta, y luego, cuando te vuelves, es demasiado tarde para cambiar. Te has vuelto inquieto y es así para el resto de la vida”.

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