sábado, noviembre 03, 2007

Stalin en la biblioteca


¿Es necesario vigilar las lecturas de los dictadores? Habitualmente se les exige no confesarlas. Esto es en cierto sentido perjudicial, pues el conocimiento primero de que leen y en segundo lugar qué es lo que leen facilitaría a menudo explicarnos lo que dicen y hacen. A veces un capricho sorprendente, un guiño en un discurso, un dejo retórico conocido, un acento ideológico nos hace sospechar que, sin prevenir, está retomando la palabra de otro. Al ser transpuesta, transmutada, la lectura se convierte en un eco quebrado, en un enigma indescifrable. El enigma de la fórmulas sólo puede despejarse si conocemos la materia de la piedra filosofal. Tenemos varios prejuicios a la hora de imaginarnos a los dictadores en pantuflas tomando un libro de la biblioteca y gozando de lectura profunda. El primero es que como mecanismo de reducción de la disonancia que se produce en nuestras mentes, es mejor engañarnos y sostener que los dictadores más déspotas, totalitarios y sangrientos son incultos o ágrafos. Nos da la tranquilidad bienpensante que las dictaduras son abortos antinaturales de la sociedad, desviaciones históricas o dérapages aberrantes. En segundo lugar para nuestra ideología humanista occidental es impensable que un dictador (o cualquier asesino político de masas) sea una persona culta y erudita: como en el caso de los nazis tendemos a creer que la alta cultura es un antídoto absoluto contra la barbarie. Los monstruos no leen. En realidad una hipoteca no reconocida del iluminismo tardío. La barbarie repudia la cultura y viceversa. Pero nada es más falso. No podemos creer que Hitler era un gran lector, que devoraba de niño las novelas de aventuras de Karl May “a la luz de una vela”, que a los quince años escribía obras de teatro, que era considerado por sus vecinos una rata de biblioteca o que su único equipaje al llegar a Viena eran cuatro cajas llenas de libros. Un amigo íntimo de Hitler de aquella época romántica, August Kubizek, no podía imaginar a su amigo sin libros: “Los libros eran su mundo”. Hitler había sido socio de tres bibliotecas en su Linz natal (pagando una suscripción bastante alta para la época) y era usuario habitual en la impresionante Hofbibliothek de Viena. En su habitación de Stumpergasse 29, segundo piso, puerta 17 los libros se acumulaban por el piso en filas verticales. Era un asiduo lector de Schopenhauer y, por supuesto, Nietzsche. La hermana de Hitler, Paula, recordaba que siempre le recomendaba libros y que incluso le había enviado un ejemplar del Quijote de la Mancha. En “Mein Kampf” confesaba “he procurado leer de la forma correcta desde mi primera juventud y me he visto felizmente apoyado en esta conducta por mi memoria e inteligencia”. Mussolini, debajo de su disfraz de tosco italiano arquetípico, latía un lector voraz y un intelectual erudito. “Il Duce” había sido líder juvenil socialista (admirado por Gramsci), ex director del principal diario del Partido Socialista Italiano “Avanti!”, gran lector de Marx (“el más grande de los teóricos socialistas”), de Lasalle y Labriola, de los socialistas franceses neojacobinos como Jaurés y Guesde, la nueva sociología de Michels y Pareto, Schopenhauer, Nietzsche, Bergson, anarquistas como Faure y Sorel, además del nuevo marxismo crítico de Rosa Luxemburg. ¿Y Stalin?

Distorsionando un famoso aforismo filosófico se podría afirmar que “Soy lo que leo”. Si de alguna manera el estilo es el hombre, también lo es por sus lecturas. Para conocer a un personaje bastaría hipotéticamente con espiar de reojo los libros que le rodean, pero ¿valdría este método para los dictadores? ¿Habría que vigilar las lecturas, no sólo de los filósofos, sino de los hombres con poder absoluto? ¿Tendría alguna utilidad político-arqueológica? En la Unión Soviética existió un tiempo donde el nombre de Stalin se había situado no sólo junto al de Lenin, sino al de Engels y Marx. Stalin era una de las fuentes seminales y autorizadas del ya maduro pensamiento comunista. Además era un intérprete autorizado del sentido histórico y universal de la doctrina bolchevique. Se editaron sus obras completas en dieciséis volúmenes bajo el prestigio y la cobertura filológica del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú. Se imprimieron trece hasta el día de su muerte. Se tradujeron en casi todos los idiomas importantes. Sin embargo ha sido habitual entre los enemigos faccionales y detractores de Stalin (una contrahagiografía inaugurada por Trotski: “no es un filósofo, ni un escritor, ni un orador”) hablar con desprecio de su talento como teórico, subestimar su talento literario. Como un mecanismo psicológico de reducción de disonancia es más fácil creer que un hombre gris, un profesional de la política, provinciano llano (“ignorante semianalfabeto”, le llama Souvarine), semiculto asiático, un mero vulgarizador de Lenin, una “mancha gris” fue el que torció la maravillosa alborada del socialismo nacida en octubre de 1917. Pero no sólo la literatura política subestima la dimensión intelectual de Stalin, sino incluso historiadores modernos (como Laqueur que afirma que como pensador fue mediocre y sus ideas carecieron de carisma, un “líder inverosímil”). Coincidimos con historiador moderno Robert Service: “Era un asesino de Estado mucho antes de instigar el Gran Terror. El hecho de que no se prestara atención a sus inclinaciones parece inexplicable a menos que se tenga en cuenta la complejidad del hombre y del político oculto detrás de «la borrosa figura gris» que ofrecía a una multitud de observadores. Stalin fue un asesino. Fue también un intelectual, un administrador, un estadista y un líder político; fue escritor, editor y estadista. En privado fue, a su modo, un marido y padre tan atento como malhumorado. Pero estaba enfermo de cuerpo y de mente. Tenía muchas cualidades y utilizó su inteligencia para desempeñar el papel que pensó que se ajustaba a sus intereses en un momento dado. Desconcertaba, aterrorizaba, enfurecía, atraía y cautivaba a sus contemporáneos. La mayoría de los hombres y mujeres de su época subestimaron a Stalin. Es tarea del historiador examinar sus complejidades y sugerir el modo de entender mejor su vida y su época”.

En relación con Stalin, “el hombre que se expresaba con gruñidos” (Trotsky) nos resulta dificultoso ahondar en su faceta como lector, estudioso e intelectual, no existe un archivo comparable al de Lenin o Mussolini, ni tampoco será posible reconstruirlo en el futuro, ya que una parte importante de sus papeles fueron destruidos deliberadamente por sus herederos, incluidos sus objetos personales. Como Stalin se legitimaba políticamente considerándose a sí mismo como fiel continuador del leninismo, todos aquellos documentos o actividades autónomas del propio Stalin fueron ocultados, silenciados o eliminados físicamente. La idea de que era un cero a la izquierda, la ideología doméstica de ser una mancha gris era vital para que su régimen fuera considerado a los ojos de las masas un apéndice natural de las enseñanzas eternas de Lenin. Que consideremos a Stalin un vulgarizador, un campesino georgiano semiculto es otra de las grandes victorias de Stalin sobre la posteridad. Ocultar que Stalin era un erudito, con ideas independientes y originales de Lenin, fue una razón de estado. Stalin sabía jugar ese juego, cuando el mediocre biógrafo Emil Ludwig le preguntó si se consideraba un heredero del zar Pedro El Grande, Stalin simplemente le contestó: “soy simplemente un discípulo de Lenin”.

Cuando los archivos secretos del Partido Comunista de la URSS y del estado soviético comenzaron a hacerse accesibles en 1989 (proceso que se aceleró después del colapso y que se detuvo con la ascensión de Putin) los historiadores descubrieron una verdadera cueva de Alí Ba Bá. Se presentó una oportunidad única para arrojar luz sobre todos los aspectos de la experiencia soviética, sobre sus líderes y sus víctimas, explicaciones sobre sucesos que aun forman parte de nuestra memoria viva. Con los archivos y manuscritos de Stalin la NKVD (luego MVD) realizó un trabajo prolijo de destrucción y dispersión. De esta labor no se salvó su enorme biblioteca personal. Hasta 1918 Stalin no tuvo domicilio fijo, luego vivó en el Kremlin en un piso muy estrecho y luego a la llegada de su hijo Yakov se mudó a otro más espacioso. Es en este apartamento donde puede vérsele leyendo (debajo de un enorme retrato de Marx) y fue allí donde empezó a reunir una gran cantidad de libros y su propia hemeroteca. La mayoría de sus visitantes se quedaban sorprendidos de la amplitud y tamaño de su biblioteca. Su piso era, según una bibliotecaria del Instituto Marx-Engels-Lenin llamada Zolotujina “una suite de habitaciones abovedadas con una escalera de caracol que conducía al estudio de Stalin…la biblioteca se amuebló con gran cantidad de estantes pasados de moda que se llenaban con libros de todo tipo. Todos los escritores consideraban muy importante enviar sus libros al dirigente y normalmente incluían una dedicatoria personal”.

A partir de 1932 hasta su muerte en 1953 vivió y trabajó mucho tiempo en su residencia campestre en la afueras de Moscú, en la dacha blizhnaya (cercana, en ruso) de Kuntsevo. Especialmente diseñada para Stalin, la dacha tenía alrededor de veinte habitaciones, un invernadero y un solárium, además incorporaba un importante alojamiento auxiliar para la guardia pretoriana de la NKVD (300 soldados) y el servicio doméstico. Tenía un despacho, pero si hacía falta trabajaba en otras habitaciones. Su hija, Svetlana, recuerda que “mi padre habitaba en una sola habitación que le servía para todo. Dormía sobre un diván. Una gran mesa de comedor estaba atestada de papeles, periódicos y libros. En el extremo de esa misma mesa se le servía la comida, cuando comía solo. Una gran alfombra mullida y una chimenea eran los únicos objetos de lujo y de confort de que disfrutaba mi padre…”. La dacha tiene toda una historia simbólica en la historia rusa. Sus orígenes son aristocráticos: “dacha” en ruso significa “algo que ha sido otorgado” y al costumbre se inició en el siglo XVIII cuando Pedro El Grande otorgaba lotes de tierra a sus nobles más fieles en el camino a San Petersburg (donde se había construido su residencia de verano en Peterhof) con la obligación de construir hermosos chales de campo que debían poseer jardín y construcción de material durable. Pero este fenómeno burgués del período tardío del imperio zarista se impuso como moda en la pequeña burguesía rusa de las ciudades, lifestyle que se mantuvo entre los cuadros bolcheviques sin interrupciones. La Nomenklatura adoraba las dachas. En la época soviética, dada la vida peligrosa, miserable y sucia en las ciudades, se hizo atractivo para los apparatchikis del partido irse a los extrarradios en dachas expropiadas. Lentamente se transformaron en una gratificación para los burócratas más fieles y las élites culturales (el film “Utomlyonnye solntsem” de 1994, dirigido por Nikita Mikhalkov nos presenta la vida de un cuadro militar en una típica dacha en la década de los años ’30). Stalin desplazó allí una gran parte de su biblioteca personal, la que ubicó en un edificio aparte. Únicamente trabajaba en su oficina del Kremlin por las tardes; tras estudiar los documentos oficiales, ocupaba las horas restantes recibiendo a la gente que había citado, celebrando reuniones y discutiendo asuntos del partido. En la dacha Stalin se sentía más íntimo, mantenía conversaciones confidenciales, leía el correo y, lo que nos interesa, leía profusamente, escribía y redactaba cartas. Había copiado el método epistolar de Lenin: escribir un gran número de cartas y notas a mano en las que se dan órdenes y directrices, sin copia y entregadas al destinatario a través de un mensajero especial asignado por la policía política, la CheKa. No sólo: era además poeta, autor y editor de libros, censor riguroso y crítico de obras de teatro, películas, música y arte en general. Tan insomne como el sonámbulo Hitler, Stalin solía tener varios libros en su mesita de noche y los leía u hojeaba hasta altas horas de la madrugada. Con un lápiz negro en mano realizaba subrayados, abundantes anotaciones y addenda en los márgenes. Escribía muchas reseñas de libros, revistas y de artículos periodísticos, todos sus textos eran gramaticalmente correctos y limpios. Stalin era sin dudas en secreto un hombre culto. Le irritaba profundamente encontrarse con errores tipográficos, ortográficos y gramaticales, que corregía minuciosamente con un lápiz rojo. En cuanto a su propia producción intelectual no utilizaba ni secretario ni copista, como le confesó al director del “Pravda” Shepilov “yo no utilizo taquígrafo nunca. No puedo trabajar con alguien merodeando por ahí”. Stalin escribía a mano, con claridad y siempre cuando estaba solo. Poseía cierto talento creativo, en el sentido de que creaba sus artículos de la nada, trabajándolo en un ritmo bastante lento y con frecuencia realizaba ajustes y correcciones en el producto final. Era fiel a una frase que gustaba de repetir: “El papel acepta todo lo que se escribe en él”. Sus manuscritos originales los guardaba en su famosa caja fuerte personal, de la que nadie tenía copia de su llave. Pocos de estos manuscritos se han encontrado: han desaparecido con todo lo demás. Stalin era muy ordenado, minucioso y obsesivo cuando preparaba las reuniones a las que asistía, allí también empleaba su oficio de lector y escritor: preparaba metódicamente en cuadernos de notas comentarios para las reuniones del Buró del Comité Central, con bosquejos de los asuntos a tratar, citas de libros y diarios, e incluso pequeñas biografías de sus eventuales oponentes. Según testigos, Stalin tenía una capacidad de lectura impresionante: leía u ojeaba un promedio de doscientos documentos diarios. Hasta la fecha no se sabe nada del destino de sus manuscritos y las anotaciones excepto que a su muerte quedaron en la dacha. Beria, entonces jefe de la NKVD, empaquetó todas las pertenencias, incluidos libros, muebles y la loza, en camiones hacia un depósito secreto de la policía política. Aunque se conservó un parte de la biblioteca personal, todos los manuscritos, cartas y otros documentos desaparecieron. En octubre de 1953 se nombró una comisión especial en el Instituto Marx-Engels-Lenin-Stalin (se añadió el nombre de Stalin justo después de su funeral) con el objeto de establecer sus obras completas y transformar la dacha en un museo. Por supuesto la parcial desestalinización detuvo en seco todos estos proyectos. Debido a la ideología del régimen Stalin puso un enorme interés en cómo se reflejaba su labor en la historia de la Unión Soviética y en especial en los años previos a la revolución (historia del partido bolchevique y la lucha faccional) y en su relación con Lenin. Permitió a los historiadores utilizar material de su archivo y biblioteca, aunque únicamente a través de un permiso especial; incluso los ayudaba enviándole una gran cantidad de documentos, material supersensible que se guardaba en ficheros especiales lacrados, la mayoría originales (como el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939).

Stalin siempre fue un gran aficionado a la lectura y a los libros. Ya en su infancia poco conocida sabemos que Stalin, entonces llamado “Soso” por su madre, era un alumno de gran memoria para lo concreto. Y que antes de ser conocido como revolucionario fue un poeta romántico (en el mejor estilo del joven Marx) que incluso llegó a intentar publicar su poemario. Algunos poemas fueron publicados con el seudónimo de “Soselo” cuando tenía diecisiete años. En su paso por la educación primaria devora la biblioteca de la escuela (cuidadosamente depurada por los jesuitas) e insatisfecho completa sus lecturas con obras no autorizadas de bibliotecas de la ciudad de Gori. A menudo se lo ve con un libro entre las manos, incluso en pleno verano. Ya en el seminario secundario de Tiflis es un curioso intelectual: un guardia le confisca un formulario de abono a la biblioteca municipal. El libro que había tomado prestado, “Les travailleurs de la mer” de Victor Hugo, le cuesta un castigo en una celda. Antes había sido sorprendido leyendo “Quatrevingt-Treize”, también de Hugo. En estos textos se exalta la Convención revolucionaria y se realiza un retrato épico del ficticio revolucionario jacobino Gauvain. Al poco tiempo lo vuelven a castigar por leer la “Evolución literaria de las distintas naciones” de Letourneau. Es la misma época que descubre la novela georgiana nacionalista de Alexandr Kazbegi, “El Parricida”, cuyo héroe es su próximo apodo, Koba. Devora a Goethe y Shakespeare en traducción georgiana. Además por testimonios de compañeros de estudios sabemos que Stalin leía publicaciones prohibidas a grupos de estudiantes. Un día que un tal padre Dimitri entró en el cuarto de Stalin lo encontró leyendo “¿No ves quien está delante de ti?, preguntó el monje… No veo más que una mancha negra delante de mis ojos”. Soso fue finalmente expulsado del seminario. Los escritores al estilo Trotsky que nos presentan a Stalin como un semianalfabeto campesino, ignoran que el seminario representaba una de las mejores instituciones educativas para las clases más bajas y que su currículum pedagógico incluía latín, griego, eslavo así como historia y literaturas universales. Ya en 1905, revolucionario convencido, Stalin comienza a escribir profusamente con su estilo definitivo, haciendo exégesis y utilizando fórmulas cuasireligiosas: “sólo el proletariado puede llevarnos a la Tierra prometida”, “el Gobierno ha pisoteado y ha escarnecido nuestra dignidad humana, lo más sagrado de lo sagrado”. Usa el método del catecismo: preguntas y respuestas: “¿Podéis impedir que salga el Sol? ¡Esta es la cuestión!”. Y utiliza expresiones que no abandonará: “como es sabido”, “como cada uno sabe”, es evidente”. En conceptos claves usará para siempre las cursivas. Sus lecturas y puntos de vista lo hacen un bolchevique no leninista en un principio. En su derrotero de exilio y cárcel siempre se afilia a bibliotecas municipales y se suscribe a periódicos y revistas. Stalin, contra la historiografía filotrotskista, tiene autonomía teórica suficiente para enfrentarse al semidiós Lenin en tres momentos claves. Primero en el Congreso de Estocolmo de 1906 discrepó en la cuestión agraria (Lenin era partidario de la “nacionalización” de la tierra; Plejanov y los mencheviques por la “municipalización”; la tercera posición era la de los bolcheviques no leninistas rechazaban ambas posiciones y se definían por el “reparto de las tierras”), cuestión en la que ganó Stalin y que luego fue confirmada por los hechos en octubre de 1917; fue en el mismo congreso donde recitó entero un poema del radical Nikolay Alexeyevich Nekrasov. Segundo al esquemático Lenín filósofo y su libro “Materialismo y Empiriocriticismo” (1909), un ataque teórico-político a la facción bolchevique de Alexander Aleksandrovich Bogdanov y Maxim Gorki; Stalin califica la intervención como dogmática, bizantina “una tempestad en un vaso de agua”, que su concepción del materialismo es pre-marxista y que detrás de supuestas discrepancias filosóficas sólo hay una pelea de egos. Su última oposición es a la caracterización de Lenin de la revolución de febrero de 1917 y las famosas “Tesis de Abril” en 1917. Stalin, como director del “Pravda” en esa época, rechazo y censuró muchos artículos de Lenin enviados desde su exilio en Suiza. Recordemos que en su mejor trabajo teórico, “El marxismo y la cuestión nacional” (1913), Stalin construye un texto convincente, muy bien escrito, con fuentes en idioma alemán y bien informado de los problemas de las nacionalidades en la Europa Central. En 1918 se le entrega su primer apartamento en el Kremlin, donde pudo empezar a acumular su propia colección de libros, que al final de su vida alcanzó los treinta mil volúmenes. Sabemos que en 1925, en plena lucha de facciones, Stalin encarga a su secretario personal, Iván Tovstuja, que clasifique y complete su biblioteca personal, y con este propósito diseña un esquema de clasificación por temas. Así define treinta y dos secciones, a la cabeza de las cuales figuran la filosofía, la psicología, la sociología y la economía política; no es tonto: “Lenin y el Leninismo” ocupan una paupérrima vigésimo tercera posición. Manda colocar aparte la literatura de los exiliados y autores ligados a la Guardia Blanca, a Marx, Engels, Kautsky, Plejanov, Trotsky, Bujarin, Zinoviev, Kamenev, Lafargue, Luxemburg y Radek. Varios de estos ejemplares profusamente anotados por el lacónico Stalin. Por ejemplo en el libro de Karl Kautsky “Terrorismo y Comunismo” (1919), crítico tanto de la dictadura del partido único como del estado de sitio y la pena de muerte, en el párrafo donde dice que “los líderes del proletariado han comenzado a recurrir a las medidas extremas, a medidas sangrientas, al Terror” Stalin remarca con un círculo éste párrafo y escribe “¡Ja, Ja, Ja!”. En la respuesta bolchevique a Kautsky, el libro de Trotsky “Terrorismo y Comunismo. Anti-Kautsky” (1920), cuando se exalta la necesidad y la justicia de la violencia proletaria soviética “la revolución exige que la clase revolucionaria haga uso de todos los medios posibles para alcanzar sus fines… el terrorismo si es preciso” Stalin agrega una entusiasta nota. “¡Correcto! Bien dicho, así es”. También sabemos que por esa época inicia cursos de filosofía y lógica con un discípulo de Bujarin. Su profesor fue Yan Sten, un filósofo ligado a la corriente del "idealismo menchevizante" (Deborin), que caerá durante la represión a la llamada plataforma de Ryutin. Cuando se mudó después del suicidio de su segunda esposa una gran parte de esta biblioteca se fue con él, se ubicó los libros en estanterías corrientes y se hizo cargo de su funcionamiento un bibliotecario diplomado. Según la bibliotecaria Zolotujina “la única habitación agradable era la biblioteca, donde la sensación era acogedora… los libros estaban almacenados en un edifico contiguo y se le entregaban a Stalin de acuerdo con sus instrucciones”.

Todos los líderes bolcheviques de la vieja generación se hicieron, por las expropiaciones y confiscaciones, con bibliotecas considerables (los mejores provistos habían sido Trotsky, Bujarin, Zinoviev, Kamenev, Molotov, Kirov y Zhdanov). Los emigrados, fusilados y encarcelados entregaban al estado su biblioteca que se almacenaban en locales donde los bibliotecarios estatales podían escoger los ejemplares que necesitaran. Durante los años ’20 con la creciente dictadura del partido único y la creciente censura (el único período en el que no hubo censura fue entre febrero y octubre de 1917) se estableció una nueva práctica llamada eufemísticamente “la entrega” (raznoska). Consistía en entregar ejemplares por adelantado de todos los libros para que se distribuyeran entre los altos cargos del Partido, miembros del Comité Central y funcionarios destacados. Cada editor poseía una lista de cargos públicos claves a quienes tenía la obligación de enviar ejemplares antes de que se vendieran al lector. Se trataba de un tipo de censura especial añadida. El destinatario podía guardar el libro o devolverlo al editor con notas, sugerencias y comentarios críticos. En caso de no devolverse el editor podía suponer que la Nomenclatura no se oponía a su publicación o que le resultaba indiferente. Naturalmente Stalin también recibía ejemplares por adelantado de la mayoría de las editoriales, especialmente en su área de interés: política, economía, historia y arte. Pero lo que más impresiona es que Stalin, como en su juventud, estaba obsesionado por la literatura rusa, en especial por Alexandr Pushkin. En su biblioteca había gran variedad de libros sobre él, todos publicados durante el período soviético, viejas ediciones sueltas además de unos cuantos ejemplares tenían sobrecubiertas de librerías de segunda mano. También le interesaban las obras sobre Pedro El Grande e Iván El Terrible. Poseía libros en alemán, idioma que estudió de joven pero que nunca dominó y leía toda la literatura en ruso de los exiliados, incluyendo las célebres biografías de Voroshilov y otros mariscales militares escritas por Roman Gul. Ya en la posguerra empezó a interesarse por los libros y revistas de arquitectura, lo que debía estar relacionado con la construcción de grandes edificios utópicos en Moscú. Por supuesto, Stalin poseía todas las ediciones de Marx y Engels, tanto la Werke como la primera edición completa inconclusa, la MEGA, emprendida por el ejecutado David Riazanov; todas las ediciones de Lenin que se habían publicado desde 1917. Gracias a sus addendas continuas y subrayados sabemos que leía a Lenin con total dedicación. Tenía la colección completa de las ediciones del renegado Karl Kautsky y del águila Rosa Luxemburg, así como de la mayoría de los escritores de izquierda alemanes. Por supuesto su biblioteca contaba con todas las obras de sus rivales políticos de mayor envergadura: Trotsky, Bujarin, Kamenev, Radek… De los clásicos de la filosofía política poseía un ejemplar anotado de “El Príncipe” de Maquiavelo. Stalin poseía un talento excepcional para la lectura rápida, amén de una memoria, reconocida hasta por sus enemigos, prodigiosa. Durante los conflictivos años ’20 escogía, a través del servicio de la biblioteca del Kremlin, una media anual de quinientos libros que leía u ojeaba. Incluso durante la guerra, en 1940, se las ingenió para leer el primer tomo de al edición rusa de las obras escogidas de Bismarck, haciendo una serie de correcciones y comentarios en los márgenes del prólogo. Se tuvo que postergar la publicación para que se pudiera reescribir el prólogo y añadir la revisión de Stalin. La mayoría de los libros llevaba un ex libris que decía lacónicamente “Biblioteca de Stalin”, y se estamparon alrededor de cinco mil quinientos volúmenes de este modo. Pero muchas ediciones de clásicos rusos y extranjeros, al igual que libros de economía, ciencia y arte, nunca se sellaban y normalmente no tenían nada anotado de su mano. Actualmente de su biblioteca original sólo quedan en el archivo del RTsKhIDNI (Rossiiskii tsentr khraneniya i izucheniya dokumentov noveishei istorii, Centro Ruso para la Conservación y Estudio de Documentos de la Historia Reciente), ahora llamado Archivo Estatal Ruso de Historia Sociopolítica (RGASPI), exactamente 391 libros que contienen apuntes, comentarios, subrayados y correcciones de Stalin. La única prueba de la erudición que nos queda de Yósif Vissariónovich Dzhugashvili.

Una última anécdota literaria. Una noche de 1948 un vehículo de la Seguridad recoge en su domicilio al poeta Arseni Tarkovski, padre del director de Andrei Rublov. Se lo lleva a la sede del Comité central. Allí Alexander Nikolayevich Shelepin, secretario de las Juventudes Comunistas (futuro jefe de la KGB bajo Brezhnev) le explica que con motivo de la celebración del setenta cumpleaños de Stalin se ha tomado la decisión de estado de publicar en ruso los poemas románticos de su juventud. Como estaban escritos originalmente en georgiano se le concede el enorme honor de traducirlos. En el acto le entrega una cartera de cuero que contienen los precisos escritos de puño y letra de Stalin. Ya Lavrentiy Pavlovich Beria había consultado para la traducción a Boris Leonidovich Pasternak. Al llegar a la fecha prevista Tarkovski no ha podido traducir más que los cuatro primeros versos del primer poema. Cuando vuelven a buscarlo está desesperado. Shelepin le introduce en su despacho, cambia su ánimo cuando le informa “con la modestia que le caracteriza, el camarada Stalin ha vetado nuestra decisión”. Le pagan una suma astronómica para la época por su pizca de traducción quién luego recordó: “Eran unos versos absolutamente aceptables, muy correctos, inocentes. Nada de lucha de clases, nada de desigualdades sociales. Hablaba de flores y de pajaritos”. Un año después Stalin realizaba una confesión a un amigo sobre su vocación de poeta perdida: “Perdí interés en la escritura poética porque requiere una atención completa, un infierno colmado de paciencia…en esa época era un tiro al aire”.

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lunes, octubre 01, 2007

La Moral de la Historia: adiós a André Gorz


El 24 de septiembre de 2007, en una callejuela sin nombre en una pequeña aldea llamada Vosnon de la región del Ausbe, murió Gerhard Horst. Se suicidó junto con su mujer de toda la vida, Dorine. Nos era familiarmente conocido en su dimensión filosófico-política con el seudónimo de André Gorz; cuando ejercía de periodista utilizaba al alias Michel Bosquet. Para llegar a Vosnon hacer falta separarse de las autopistas, tomar por carreteras secundarias y angostas, luego preguntar a los lugareños por al casa de Gorz y llegar a una casa sólida, de ladrillos rojos, con un jardín guardado por dos árboles centenarios. La biblioteca está en la planta baja en un salón amueblado a lo Esparta: dos grandes sillones sin estilo reconocible, una mesa redonda, cuatro sillas rectas y un televisor pasado de moda. “Prévenir à la Gendarmerie” (Avisen a la policía), un simple mensaje sobre la puerta indicaba el drama desatado. ¿Otro filósofo desencantado que cumple esa tradición inexorable de los intelectuales en situación? Estremece el compararlo con otros casos trágicos famosos: Arthur Koestler, Nikos Poulantzas… Como decía Bloy a propósito de Cervantes, Gorz fue un hombre recto y sabio, en el fondo, su vida fue trabajosa y sospechosa. Trabajosa porque desde su infancia fue un extraño, un sin-identidad; sospechosa porque su extrema autonomía lo hacía en todo tiempo y lugar un renegado inclasificable.

Una epistemología del exilio: Los hechos de la vida de Gorz son tan problemáticos como su propia obra. Nació en la Viena postrevolucionaria en febrero de 1923. Hijo de un comerciante judío de maderas y de una madre católica ultramontana antisemita. Era básicamente un bastardo y un Entfremdung en los términos socioculturales de la Europa Central. En el creciente clima antisemita su padre se convierte al cristianismo en 1930 y bautiza a Gorz. Educado en un milieu culto, recibió una típica educación Staatsvolk austroliberal, disfrutó de la influencia del modernismo reaccionario de la Viena liberal-aristocrática, incluida la riqueza del marxismo austriaco y las paradojas del freudismo. Viena, un laboratorio sociocultural que para Karl Kraus era “el campo de pruebas para la destrucción del mundo”, que se regía por ese principio divino de los Habsburgo: “Ruhe und Ordnung” (Ley y Orden). Viena era contradictoriamente burguesa y el éxito financiero era la base de una sociedad patriarcal. El liberalismo había fracasado en la vida política y su edad heroica había concluido en 1848. Sin embargo por sobre el cadáver liberal se imponían grupos políticos más impetuosos como los movimientos de la clase obrera capitaneados por Víktor Adler (un judío bautizado cristiano) o las masas medias católicas del demagogo antisemita Karl Lueger o el multiclasista movimiento pangermano de Georg Ritter von Schönerer, o el sionismo radical de Theodor Herzl. De Viena salieron tanto la política de la Solución Final de los nazis como la ideología del estado judío sionista. Pero igualmente era una capital burguesa. En la vieja Viena se podría en verdad decir, con Marx, que “la burguesía había arrancado de la familia su velo sentimental, y había reducido la relación familiar a mera relación de dinero”. En 1938 los austriacos deciden unirse voluntariamente a la Gran Alemania de Hitler, se produce el Anschluss. Ante la movilización general en 1939 en vísperas de lo que será la Segunda Guerra Mundial, su madre lo interna en una institución católica en Lausana (Suiza). Gorz tenía quince años. Pasó toda la guerra allí. Se enteró que su padre había sido expropiado, que lo habían desalojado de su piso, que la edad y el matrimonio mixto con una aria lo habían salvado de los campos de la muerte. En el bachillerato suizo decide negar su identidad alemana y su idioma natal. Rompe con todo lo germano, abandona las tradiciones nacionales y culturales, renace intentando construirse libremente su propia identidad. Mayo de 1940: este adolescente inquieto, crítico y convulsivo es testigo de la ignominiosa derrota de Francia en pocas semanas. La humillación nacional gala, pueblo representante del iluminismo y las mejores tradiciones democráticas, lo hacen identificarse con Francia. Adopta la nacionalidad y el idioma: no hablará más en alemán durante 44 años. Decide estudiar ingeniería química en la École d’Ingenieurs, profesión que jamás ejerció. Paralelamente devora libros de filosofía y de psicología. Realiza cursos paralelos de filosofía en la universidad durante un semestre: “Me pareció tan grotesco que me burlaba públicamente de los profesores. Nunca volví”. Hace pequeños trabajos, enseña inglés. Su primer trabajo serio y formal será como traductor de las novelas americanas para una casa editora suiza. Publica sus primeros artículos en el diario de un movimiento cooperativo. Participa en círculos izquierdistas con estudiantes de Letras, se reúne en clubes de estudio de la obra de un joven profesor de liceo llamado Jean Paul Sartre.

Momento sartreano: Sartre era todavía un filósofo de culto, había estudiado la fenomenología en el mismo Berlín, incluso había conocido a Heidegger. Tenía publicado tres libros filosóficos: “La imaginación” (1936), “Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la Imaginación” (1940) y “Bosquejo de una teoría de las emociones” (1939), todos eslabones hacia su opera magna: “L'Être et le Néant”. Gorz viaja en 1941 a Génova para re-encontrarse con su madre. Casualidad o no, en una pequeña librería repleta de literatura fascista descubre dos libritos de Sartre en francés: “La Náusea” (1938), un roman philosophique y “El Muro” (1939), recueil de nouvelles. Gorz sólo conocía sus libros de filosofía, ver a un filósofo escribiendo ficción le pareció deslumbrante. Compra ambos libros, los lee y relee, le parecen fantásticos: “Era exactamente lo que yo podía sentir, lo que podía gustarme, lo que podía seducirme intelectualmente”. En 1943 aparece en Gallimard “El Ser y la Nada. Ensayo de ontología fenomenológica”, libro abrupto, compuesto de 722 páginas, a gran tamaño, del que todos hablan y pocos han leído cabalmente. Lo estudia con furia obsesiva durante tres meses. Lo asimila totalmente: “Fui, creo, el primer sartreano convencido e incondicional”. Cuando ya un Sartre famoso y polémico visite Lausana en 1946 para dar unas conferencias, Gorz se obliga a conocerlo en persona. También a la eterna “Castor”, Simone de Beauvoir. Decide ir a París, porque era poder ir a donde trabajaba y vivía Sartre. Se pone a escribir lo que para Gorz será la continuación lógica de “El Ser y la Nada”, la segunda parte que Sartre anunciaba al final de su obra (“En particular, la libertad, al tomarse como fin en sí misma… ¿escapará a toda situación? ¿O por el contrario, permanecerá situada?... Todas estas preguntas… sólo pueden hallar respuesta en el terreno moral. Les dedicaremos próximamente otra obra”) y que jamás escribirá. Le presenta a su maestro un asombroso manuscrito de 700 folios, él un absoluto desconocido, un marginal sin patria. Esa primera obra quedará en el anonimato durante veinte años; será publicada con el título “Fundamentos para una moral” en 1977 por Galilée. Hay tiempo para el amor: en la misma Lausana durante un baile popular en la plaza de Saint-Suplice un 27 de octubre de 1947 conoce a otra apátrida, la inglesa Dorine. Bailan toda la noche y jamás se separarán. Se convertirá en su mujer en 1949 y por libre decisión mutua no tendrán hijos. Será su mejora lectora y confidente, su archivista y secretaria ocasional. Le dedica todos sus libros en inglés: “A Dorine more than ever”, “A Dorine again, again and evermore”…

Mientras profundiza sus afinidades electivas y su compromiso militante al mejor estilo de Antoine Roquentin (“Naturalmente, yo era revolucionario. Estaba en contra de esta sociedad de mierda que me rodeaba, contra la represión…”) se lanza a aplicar el ya llamado método existencialista de autoanálisis a sí mismo. Su motto será una frase de Sartre: “cualquiera que sean las circunstancias, en cualquier lugar que sea, un hombre es siempre libre de elegir si será un traidor o no”. El producto febril será un libro, “El traidor” (1958), con un extenso prefacio de Sartre de cuarenta páginas, una obra política donde intenta “se restituir tout, comme venant de lui-même”, considerada por Gorz como un “travail de libération”. Aplicando una fusión entre existencialismo y marxismo Gorz insiste sobre la potencialidad de la autoproducción de nosotros mismos como emancipación. Su “uso” de Marx es muy particular: abandona el texto canónico y utiliza para horror de la vulgata marxista los textos juveniles recién descubiertos en Occidente, en especial los así llamados “Manuscritos de Paris” (1844), “La Sagrada Familia” (1844) y “La Ideología Alemana” (1845). Sin saberlo empalma con toda una contracorriente de crítica a la vulgarización de Marx y de crítica al modelo paleoleninista: el Marxismo Occidental. En el centro se encuentra siempre la cuestión de la autonomía del individuo como condición sine que non de la construcción de un movimiento emancipatorio de masas. La liberación individual y colectiva no se da en etapas, sino se condicionan, a pesar nuestro, mutuamente. Utiliza el seudónimo de André Gorz, Gorz por un pueblo de Austria donde su padre le regaló sus primeros anteojos. En junio de 1949 ingresa a trabajar en el secretariado internacional del “Mouvemente des Citoyens du Monde”, al mismo tiempo que es secretario de un attaché militar de la embajada de la India. Su entrada en el “Paris-Presse” marca su debut como periodista con el nombre de Michel Bosquet (la traducción al francés de su propio apellido, Horst, Bosquet: bosque). Aquí conocerá a Jean-Jacques Servan-Schreiber, que en 1955 lo reclutará para un magazín económico novedoso llamado “L’Express”. En 1959 edita su segundo libro, el primero en ser traducido al español: “La Morale de l’historie”, editado por FCE de México en 1964 como “Historia y Enajenación”. Critica amargamente al Partido Comunista Francés (y con él al molde bolchevique), al posibilismo y a la “Realpolitik” disfrazada de socialismo factible, desarrolla una teoría de la enajenación y define al proletariado como “vocación a la libertad”, ya que está condenado en su destino “a actuar, a impugnar y a reivindicar en su propio nombre, sin fiador trascendente, en nombre de la existencia desnuda. Está destinado a la autonomía”. Desmonta al “marxismo trunco”, una ideología de segunda mano que sólo encubre verdades de aparatos y relaciones de poder. Su posicionamiento a la vez anti-institucional, anti-economista, anti-estructuralista y anti-autoritario es radical y convulsivo. Su ruptura con Sartre ya estaba escrita allí. Las ideas de Gorz participan, sin tener él conciencia de ello, de una amplia ruptura teórico-práctica a escala mundial que intenta recuperar al verdadero Marx, tanto en espíritu como en letra. Movimiento de autocrítica que se asemeja en sus contenidos tanto en Alemania (Marcuse, Dutschke, Krahl) como en Italia (Panzieri, Montaldi, Alquatti, Tronti) o los EE.UU. (tendencia Johnson-Forrest). Mientras tanto comienza a colaborar con la mítica “Les Temps Modernes”, la revista fundada por Sartre y Merleau-Ponty en 1945, se incorpora al comité de dirección en 1961 (en el figuran, aparte de Gorz y Sartre, Simone de Beauvoir, Jacques-Laurent Bost, Claude Lanzmann y Jean Pouillon); escribirá en casi todos su números entre 1967 y 1974 y abandonará la revista en 1983. El grupo de LTM pasará por varias escisiones y discusiones de ruptura: primero la agria polémica entre Sarte y Albert Camus, luego el fracaso de darle a la revista una forma organizativa militante (el “Rassemblement Démocratique Révolutionnaire” en 1948), finalmente el debate entre Sartre y Merleau-Ponty sobre el giro stalinista del grupo. En 1964 se va de “L’Express” (junto con un grupo formado por Jean Daniel, Serge Lafaurie, Jacques-Laurent Bost, K. S. Karol) para fundar “Le Nouvel Observateur”. Haciéndose eco de ciertas críticas de Merleau-Ponty hacia la nueva posición de Sartre, que aquel denominaba “ultrabolchevismo” (y donde no existía dialéctica en la historia ni condicionamiento serio de lo material) se preocupa cada vez más por cuestiones de economía política como via regia para construir una duradera y legitima dirección política de la clase obrera. Gorz sufre la influencia y la amistad de Herbert Marcuse, llegando en forma de eco algunas tesis de la “Escuela de Frankfort”, en particular el approche que supera el estrecho economicismo en el análisis de lo social.

Autonomía, autogestión, control obrero: “reformas revolucionarias”, tal fue el nuevo giro copernicano en su libro “Stratégie ouvrière et néocapitalisme” (Editions du Seuil, 1964). Aquí intenta superar una falsa dicotomía instalada desde los tiempos de Kautsky en las izquierdas: la contradicción entre la transformación revolucionaria de la sociedad y las luchas diarias por la búsqueda de mejoras parciales, tan necesarias. Gorz afirmaba: “Es una vieja pregunta: ¿reforma o revolución? Era (o es) primordial cuando el movimiento obrero tenía (o tiene) la elección entre la lucha por reformas o la lucha armada. Pero ese ya no es el caso de Europa Occidental. Por lo tanto esa pregunta ya no es una disyuntiva: sólo existe la posibilidad de ‘reformas revolucionarias’ que tengan como objetivo la transformación radical de la sociedad”. Se disuelve a lo largo del libro la rigidez antinatural en la relación reforma-revolución; la reforma no sólo puede ser un mecanismo de integración hacia el hombre unidimensional. La revolución y la transformación del sujeto colectivo es un tortuosos camino de aprendizaje y acción. Gorz intercambia ideas y se empapa de la nueva izquierda italiana como Garavani, el comunismo neokeynesiano de Bruno Trentin, de sindicalistas libertarios como Victor Foa. En Francia Gorz es considerado “le chef de file intellectuel de la tendente ‘italienne’ de la novelle gauche” (Contat), ejerce una influencia moderada en los militantes sindicales de la CFDT (Confederación Francesa Democrática del Trabajo) y en los estudiantes de la UNEF. Reflexionando sobre la realidad del control en la producción y las formas de autogestión, escribirá “Le Socialisme difficile” (Editions du Seuil, 1967), donde resume diversas posiciones y ácidamente desvela la verdad de la entonces de moda “via yugoeslava” al socialismo. En cuanto a la realidad de una nueva clase obrera integrada al sistema Gorz señala con visión estratégica: “El capitalismo monopólico civiliza el consumo y las distracciones para no tener que civilizar las relaciones sociales, es decir: las relaciones de producción y trabajo; aliena los individuos en su trabajo, lo cual le permite alienarlos mejor en el consumo; y a la inversa, los aliena en el consumo a fin de alienarlos mejor en el trabajo”. La autogestión como proyecto político alternativo al pantano del paleoleninismo termina “frente a las necesidad de las decisiones centralizadas nacionales y regionales”, esos son sus limites objetivos y aunque tiene ventajas, “no elimina el peligro de las esclerotizaciones burocráticas, ni impide que los trabajadores, individual o colectivamente, se consideren meros instrumentos de producción”. Gorz avisa a la nueva izquierda contra un intento de hacer de la autogestión otro fetiche ideológico vacío. El título señala la paradoja: el socialismo no está pasado de moda (ninguna de sus reivindicaciones históricas son realidad) pero es necesario abandonar las concepciones primitivas de traspaso de la teoría a la práctica y viceversa, para dar un significado actual a ese concepto.

Sus diferencias con el sartro-marxismo comienzan sintomáticamente después del Mayo del ’68 pero parece que el fracaso y reflujo también influyó en la obra del propio Gorz: abandonará para siempre la búsqueda de una solución para el orden social capitalista centrada en la emancipación humana. Le impacta el espontaneísmo y la lucha contra la forma estado: las instituciones. En 1969 publica “Réforme et revolution” (Le Seuil), vuelve a considerar la idea de una organización o de la forma-partido, surge la dimensión política “sin la cual ni siquiera puede imaginarse una ‘estrategia ofensiva’: este instrumento es el partido revolucionario”. Ahora Gorz desconfía del trabajo de hormiga en el movimiento obrero, del tacticismo y la paciencia revolucionaria, de la acumulación de reformas cuantitativas hacia el gran salto. De ahora en más, como escribe en LTM “la transición del capitalismo al socialismo no será progresiva y casi imperceptible, sino producto de una lucha final… La clase obrera no concretará su unidad política y no protestará con violencia por conseguir un 10% de aumento salarial o 50.000 viviendas obreras más… El problema fundamental de una estrategia socialista es, por tanto, crear las condiciones objetivas y subjetivas que posibiliten acciones revolucionarias de las masas y hacer lo posible para que estas luchas con la burguesía puedan sostenerse y ser ganadas”. Su visión existencialista y fuertemente subjetiva le hace preocuparse por todo aquellas máquinas institucionales que limitan la libertad del hombre. Lo influyen las ideas maoístas tan populares entre la intelectualidad francesa de esa época. Conoce a Ivan Illich y sus tesis sobre el fin de la educación formal, la muerte de la familia, etc. que se imponen en el centro de su trabajo. Publica varios textos de Illich desde 1969 y en 1974 lo visita en California. Al mejor estilo Gorz abandona los viejos pertrechos, que había defendido con pasión y abraza lo nuevo con una radicalidad productiva. En LTM sus relaciones se degradan, intenta publicar en abril de 1970 un texto casi anarquista, “Détruire l’Universite”, que produce una discusión interna que termina con la salida de Pontalis y Pingaud; finalmente en 1974, con la excusa de un desacuerdo sobre un número especial dedicado al grupo de la izquierda italiana “Lotta Continua”, dimite. Después de la muerte de Sartre en 1980, como en una promesa, no colaborará nunca más.

Ecología, Politica: los diversos adioses: ya en “Le Nouvel Observateur” Gorz (ahora Bosquet) paralelamente realizaba un viraje hacia la cuestión ecológica, modificando sus textos de economía hacia una campaña contra la energía nuclear. Pero sus artículos de fondo sobre el tema encontrarán en la revista ecológica mensual “Le Sauvage”, fundada por Alain Hervé, su lugar de difusión ideal. Varios de esos artículos se unirán en forma de libro bajo el título de “Écologie et politique” (Galillée, 1975), en el cual el seminal “Écologie est liberté” constituirá según los especialistas uno de los textos fundadores de la problemática ecológica tal como la conocemos hoy. A través de un pensamiento antieconomicista, antiutilitarista y anti productivista Gorz desarrolla la idea de la autolimitación como proyecto social subversivo: “Sin una lucha por tecnologías diferentes, la lucha por una sociedad diferente será en vano”. El productivismo es la otra cara de la búsqueda incesante de beneficios y del totalitarismo en la vida política. La crisis ecológica no es más que el epifenómeno de la crisis de superproducción. Su apelación es a una revolución ecológica, social y cultural “qui abolisse les contraintes du capitalismo”.

Aunque se diga adiós al proletariado en cuanto a sustancia metafísica (porque se reconoce que la fuerza transformadora que se le había atribuido a la forma-partido no es capaz de construir una nueva sociedad) Gorz considera que esta tesis es transferible, sin más, a todo el movimiento obrero. Esta es la conclusión de su libro más polémico “Adieux au prolétariat” (Galilée, 1980) y el de más suceso: la primera edición vendió más de 20.000 ejemplares. El tema central será la liberación del tiempo de trabajo y la abolición del trabajo asalariado. Influenciado por Louis Dumont que acusaba a Marx de partir de la misma matriz ideológica que el liberalismo (el homo oeconomicus, un individualismo metodológico egoísta-hedonista), Gorz se despacha con un ataque virulento contra el culto a la ontología proletaria, contra la herencia hegeliana, contra la dialéctica, contra el contexto histórico del socialismo, contra la centralidad de la fábrica y en especial contra todas las categoría de la sociedad salarial. La clase obrera occidental clásica ya no puede provocar un salto, una Aufheben, una superación: se ha mostrado incapaz de convertirse en una Gestalt unificada de un sujeto dotado de voluntad y conciencia, de ser futuro. Con la crisis de las figuras del trabajo fordista, Gorz reclama la nueva y potencialmente subversiva figura del “No-clase”, que define como “una capa que vive del trabajo como una obligación exterior… la que llamo como una ‘no-clase’ de ‘no-trabajadores’: su objetivo no es la apropiación sino la abolición del trabajo y del trabajador. Y por esto es portadora de futuro”. La alternativa se modifica en un giro copernicano: “está entre la abolición liberadora y socialmente controlada del trabajo o su abolición opresiva y antisocial”. En “Les Chemins du paradis” (Galilée, 1983) replica a muchas sensibilidades marxistas vulgares heridas, e identifica tanto a la ortodoxia de la izquierda institucional como a la Realpolitik como las dos caras de la misma moneda. El cambio de la relación entre capital y trabajo (el fin del fordismo se asemeja “la agonía de un Orden que aún, durante mucho tiempo, puede sobrevivir a su propia muerte sepultándonos bajo sus aparatos inertes”), es el fondo de este trabajo escrito en forma de veinticinco tesis, algunas de las cuales atacan el sancta santorum del progresismo y las verdades reveladas. La abolición de la relación salarial, la disolución del lazo del dinero (vieja aspiración de sus primeras obras: eliminar la enajenación entre lo hombres) y la particular separación entre riqueza y ley del valor ocuparan sus últimos libros políticos: “Misères du présent, richesse du posible” (Galilée, 1997), ampliamente elogiado por Toni Negri, y en especial su análisis del capitalismo cognitivo en “L’immatériel” (Galilée, 2003). Sus últimas posiciones critican el nuevo trabajo autónomo del posfordismo así como el derecho a una renta básica universal de existencia, supuesto punto de ruptura más allá del capitalismo.

El filósofo y su mujer: su último libro es una obra de amor. Se titula: “Lettres à D. Histoire d’un amour” (Galilée, 2oo6). Será su último texto, setenta y seis páginas de devoción a su compañera. Comienza con una confesión muy bella: “Acabas de cumplir 82 años. Sigues siendo tan bella, graciosa y deseable como cuando te conocí. Hace cincuenta años que vivimos juntos; y te amo más que nunca. Hace días te dije que había vuelto a enamorarme de ti. Y tu vida desbordante me hace feliz, abrazando tu cuerpo contra el mío”. Gorz recuerda su vida en común, sus condiciones de desterrados, su soledad fruto de la moral y la autonomía. Su descubrimiento de una identidad inmaterial en el amor que supera a la muerte. Sufren de enfermedades largas y crueles. Ninguno podrá soportar la carga de sobrevivir al otro. Si el individuo lleva su hybris autónoma, reconocía Gorz, el resultado tiene que ser necesariamente la soledad, “en el sentido existencial, o sea la conciencia de que es imposible hacer compartir mis certezas personales por los demás…”. ¿Podremos compartir la decisión de quitarse la vida desde su propia moral? Nunca fueron tan sartreanos como ese fatídico 24 de septiembre cuando descubrieron que la muerte transforma la vida en destino. Como decía Simone de Beauvoir: “Mi muerte no detiene mi vida sino cuando ya estoy muerto, y para la mirada del otro. Pero, para mí vivo, mi muerte no es; mi proyecto la atraviesa sin hallar obstáculos. No hay barrera alguna contra la que venga a tropezar en pleno ímpetu mi trascendencia; muere de sí misma, como el mar que viene a lamer una playa lisa, y que se detiene y no va más lejos”…

Foto: André y Dorine, circa 1947

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domingo, agosto 05, 2007

Moritz Hess: vida y opiniones del "Rabino Rojo"

“Lo esencial es la negación”: “Al ‘servicio de Dios’ se lanzaron los curas; al ‘servicio del Estado’, los reyes, aristócratas y otros ambiciosos y egoístas, locos y embusteros, pretextando ser los representantes de los ‘intereses generales’. Pero vivían del sudor y de la sangre de sus subordinados, mientras vociferaban el sacrificio como la más alta virtud”. Tales eran las indignadas palabras escritas en 1843 por un joven renano, desclasado, autodidacta, renegado, que escribiría el primer libro socialista en Alemania y que convertiría al comunismo, gracias a su personalidad y prédica, nada menos que a Engels y Bakunin. Será una influencia duradera en el mismo Marx. Su nombre era Moritz, “Moisés”, Hess. Hay personajes de la historia intelectual que tienen un destino doblemente trágico: no han sido comprendidos en su época pero tampoco lograron el reconocimiento de las generaciones futuras. Es el peor lugar del limbo historiográfico. No han llegado a ser ni siquiera póstumos; sus obras siguen ignoradas al día de hoy. Son animales teórico-prácticos (donde muchas veces su práctica es la verdadera teoría), sin lugar en la clasificación habitual de la historia de la cultura oficial. Son inclasificables además porque sus metas y objetivos aparentemente han sido derrotados en toda la línea. Además desde el punto de vista de la teoría radical son autores-detritos, necesarios pero secundarios, meras estaciones de paso en el desarrollo y auge de las biografías de las grandes vacas sagradas. Como tantos otros, Hess permanece a la sombra de los titanes de la época, no tiene lugar salvo como intermezzo y etapa descartable, una antítesis molesta. Su destino le ha colocado en medio de Fichte, Hegel, Feuerbach, Marx, Lasalle, Bakunin. La propia historiografía marxista, ya sea la “segundointernacionalista” (Mehring, Mayer,) tanto como la “tercerointernacionalista” (Cornu, Lúkacs y la escuela stalinista), lo colocan en un limbo intermedio pero marginal. El anarquismo no lo considera un retoño propio. Parte de culpa la tienen sus propios textos, inhallables en muchos idiomas (y muchos ilegibles a nuestros ojos), parte de culpa su propia interpretación de qué es una teoría para cambiar el mundo, parte la propia personalidad de Hess, quien nunca enalteció ni pretendió elaborar como marca registrada sus ideas más radicales y novedosas. El primer comunista de Alemania sigue en la oscuridad injusta en que fue colocado hace dos siglos.

Vida de Hess: nació cerca de Bonn un 21 de enero de 1812. Fue el primogénito de cinco hijos de una familia rica judía emigrante de Polonia. Karl Marx fue un chico con suerte, que creció en una familia unida y confortable en un barrio burgués de Trier y Friedrich Engels en la seguridad y la riqueza de un hogar de industriales de Barmen. Hess tuvo una infancia llena de privaciones y humillaciones, dentro de un ghetto urbano. Su bisabuelo, David Tebli Hess, había sido el líder espiritual y rabí de la ciudad de Mannheim. Poco se sabe de su abuelo paterno Nathan, excepto que se mudó a Bonn donde estableció un almacén general; tendrá un rol fundamental en la educación en los primeros años de Hess. Entre 1795 y 1814 Bonn, y toda la Renania, fueron anexadas a la Francia jacobina y estuvieron bajo el influjo del “Codex” civil napoleónico. Entre otras cosas los judíos fueron reconocidos como ciudadanos de pleno derecho y los ghettos eliminados por completo. La libertad no sólo era teórica: se desplegó la idea de autonomía personal, oportunidades de ascenso social, secularización y liberalismo económico. Gracias a la incorporación en 1806 al imperio napoleónico, Renania tuvo un ascenso impetuoso en la revolución industrial: se eliminaron las aduanas interiores, se universalizó el derecho mercantil burgués, se impuso el trabajo asalariado, se ejecuta una profunda reforma agraria, se establece el estado de derecho con tribunales populares. La industria renana asciende, desde las tejedurías textiles de algodón y lana en Barmen y Elberfeld (el padre de Engels), a la industria metalúrgica en el Sarre y Eifel. Ya se han echado las raíces para el despegue del liberalismo renano y su modelo de desarrollo capitalista. Un contraste con el retraso y el oscurantismo del resto del antiguo imperio germánico. El padre de Moritz, David, tenía cuatro años cuando las vergonzosas puertas herméticas del viejo ghetto fueron derribadas con hachas por las tropas jacobinas de Napoleón. David y su esposa, Helena, se trasladaron a la ultra católica Colonia para mejorar su situación económica, Colonia que durante 300 años había prohibido la presencia de judíos dentro de sus murallas. Su padre abre otro almacén donde trabaja duro y a destajo; le van bien las cosas y veinte años después crea, con un socio alemán, una compañía industrial para la refinería del azúcar de remolacha (un invento napoleónico), la “Hess&Horst”, empresa que aún sobrevive. Moritz tendrá cinco años cuando su familia parta para Colonia, alrededor de 1817. Las épocas han cambiado: Waterloo, la batalla perdida por Napoleón en el barro de Hougomont frente a la reacción europea en 1815, produjo un cataclismo social y cultural: Renania fue anexionada por Prusia y el rey Federico Guillermo III reimpuso todas las antiguas restricciones y las formas feudales, incluidas las restricciones a los judíos. La mayoría de ellos no pudieron soportar un regreso al humillante “apartheid” y aceptaron el bautismo con grados de cinismo variable. Ludwig Börne, el periodista radical, cambió su nombre y fe el mismo día sin problemas; el padre de Marx, Heinrich, un abogado voltairienne, hizo lo mismo; el poeta Heine, el hegeliano de izquierdas Eduard Gans, el hegeliano de derechas Ludwig Stahl o los hijos del filósofo Mendelssohn son los casos más famosos de los convertidos al cristianismo. Una minoría reaccionó de forma opuesta, entre ellos el padre de Moritz. Para tener una educación elemental en las Volksschulen de la época el niño debía ser bautizado. Confrontado con el mismo dilema que el padre de Marx (que se bautizó primero él y luego a sus hijos) David toma la decisión opuesta: envía al niño de regreso con su abuelo a Bonn, quién tenía una tradicional escuela talmúdica. A su abuelo todavía lo recordaba Moritz cincuenta años después: “Era extremadamente ortodoxo, un hombre muy versado en las Escrituras, que tenía el título y los conocimientos de un rabí… estudiaba todos los días el Talmud hasta pasada la medianoche… la nívea barba del riguroso anciano se empapaba de lágrimas durante la lectura de la historia de la expulsión de los judíos de Israel…”. Moritz creció así lejos de sus padres, aunque sabemos que su madre le visitaba de vez en cuando hasta que murió de neumonía en 1825. Tenía 38 años. A los quince años su padre lo llama de Colonia para introducirlo en los negocios familiares. A los dieciocho el padre le permite inscribirse como oyente en la Universidad de Bonn, ya que nunca había terminado el bachillerato; la experiencia académica lo dejo impasible. A escondidas de la estricta vigilancia paterna se atiborra, como el joven Engels, de novelas románticas y de aventuras. Tuvo una profunda crisis religiosa hacia 1829 (como Marx tuvo la suya en 1837) que le hizo rechazar en bloque la identidad ortodoxa del Talmud. En pleno auge de los movimientos radicales de los estudiantes contra el gobierno prusiano, el “Burschenschaft”, Hess se ve llevado por el romanticismo y las ideas francesas socialistas de un nuevo mundo moral gracias a la influencia de Fichte y Hegel. Devora libros de Spinoza, Goethe, Madame de Stäel. La situación paterna se agrava en un clima de represión y avaricia y a los veintiún años Moritz decide abandonar su hogar. Se refugia en Holanda, no sin antes haber vendido una consigna de café de la empresa familiar, dinero que le enviará un primo cómplice desde Bonn. En el medio hay un affair amoroso con Lena, una joven sirvienta judía al servicio de su padre. Por supuesto, a esta altura Moritz es un ateo militante. Sus cartas a parientes y amigos están repletas de citas de Rousseau, de Epicuro, Helvecio y, en especial, del “Système de la Nature” de Hollbach. El Coffee Coup falla, el correo holandés no encuentra el domicilio de Moritz y regresa el giro al domicilio de la empresa. Su padre descubre en un momento la conexión entre el faltante de dinero, la desaparición de su hijo y Lena.

Alemanes en París: Los siguientes pasos de Hess, ya en la total miseria (más penosa que la de Marx) son un misterio que sus biógrafos no han podido aclarar. Al parecer deambuló por Inglaterra y Francia; en París se habría conectado con los círculos y clubes de trabajadores alemanes exiliados. París era en esa época la “La Mecca del socialismo”, la “Nueva Jerusalén” de las utopías revolucionarias. Se podía hallar los representantes más abigarrados del socialismo de la época: junto a economistas burgueses socializantes (Sismondi, Buret) había socialistas cristianos (Lamennais, Buchez), saintsimonianos (Bazard), fourieristas (Consideránt), socialistas reformistas hegelianos (Leroux, Pécqeur, Proudhon), socialdemócratas prácticos (Blanc, Ledru-Rollin, Flocon), socialismo feminista (Tristán), comunistas científicos (Cabet, Dézamy, Gay), babouvistas (Blanqui, Charavay), etc.. A lo que se le sumaba una lista impresionante de revistas, periódicos, folletos especializados (por ejemplo: se contabilizan más de ¡cuatrocientas publicaciones mensuales de perfil fourierista!) disponibles en los cabinets de lectura (como el de Montpensier frecuentado por alemanes y citado en el libro de Marx y Engels “Die Deutsche Ideologie”, en el capítulo sobre Karl Grün) y en la red de cafés literarios-políticos. Y no es broma: los archivos policiales identificaban al sujeto peligroso y a continuación de su domicilio se anotaba el café al que frecuentaba. Fue conocida como la “Âge du’Or” del socialismo en Francia. París era además la ciudad de las revueltas y las rebeliones urbanas: Hess seguramente vio los efectos de la insurrección de junio de 1832 preparada por la “Societé des Amis du Peuple” (Blanqui y Barbés) y otras asociaciones republicanas. Victor Hugo inmortalizará su principal episodio sangriento, con cientos de víctimas inocentes, en “les barricades de la rue du cloître Saint Merri”, en “Les Miserables”. Pero lo más importante es el contacto con los “Straubinger”, los así llamados artesanos alemanes influenciados por ideas owenistas, fourieristas, charbonnieres, saintsimonianas y por la actividad del sastre Weitling, futuro líder de la “Liga de los Justos” y autor de la primera profesión de fe comunista. A partir de 1832 los trabajadores alemanes contaban con su propias organizaciones de apoyo mutuo y capacitación política: la “Deutsche Vaterlandsverein”, la “Deutsche Volksverein” y a partir de 1834 la “Bund der Geächteten” (Liga de los Proscriptos). Muchos de los emigrantes alemanes acompañaron a sus camaradas franceses en las barricadas y sufrieron la represión, la muerte o el exilio. Hess calcula, en una carta de aquellos años, que viven y trabajan en París alrededor de 85.000 trabajadores alemanes, casi un 10% de la población, la mayoría sastres y ebanistas (trabajadores en un 85%, el resto son periodistas, artistas, etc.). Será el mismo ambiente que encontrará Marx en 1844 durante su primer exilio.

Regreso y consolidación: agotado y pobre volverá a la casa paterna ¡a pié!, previa reconciliación y perdón. Trabaja en la refinería, el padre no le da ni un céntimo, sólo casa y comida. Planea la independencia económica y a la vez su formación, su Bildung: “Latín por la mañana, aritmética por la tarde temprano, después inglés, historia, lecturas variadas”, anota en su diario. Su copiosa lista de lecturas es variada y transversal, incluye historia universal, de Napoleón, física y fisiología: los autores son Comte de Ségur, Benjamín Constant, Victor Hugo, Chateubriand, Goethe, Schiller, Heine, Mendelssohn, Fichte, Hegel y siempre Spinoza. El resultado de su vida y sus reflexiones será un libro publicado anónimamente por una importante editorial de Stuttgart en 1837, “Die Heilige Geschichte der Menschheit. Von einem Jünger Spinoza” (La Historia Sagrada de la Humanidad. Por un joven spinozista”). Una edición de lujo, en 16 octavos, 346 páginas a las que nadie prestó atención. La importancia radica no en su discusión y debate (pasó totalmente desapercibido, sólo tuvo dos pequeñas recensiones) sino en que tiene el mérito de ser el primer libro socialista en lengua alemana, escrito un año antes del libro sobre comunismo y cristianismo de Weitling. El tema central consiste en que el género humano puede recuperar su perdida unión con Dios, por lo que el comunismo del futuro se deduce del pasado; la sociedad comunista repararía, por medio de la igualdad y la libertad, la escisión entre los hombres causada por la propiedad privada. La desigualdad es la causa de todos los males: “La necesidad física que ahora comienza a predominar está causada por la creciente riqueza de una parte de la sociedad y la creciente pobreza de la otra. Esta discordancia, desigualdad y egoísmo, llegarán a ser aún mayores. Alcanzarán un nivel que aterrará hasta al más estúpido e insensible…” En un principio los hombres vivieron en una sociedad indiferenciada de espíritu y materia, condición primitiva para la invención de la propiedad. La nueva Harmonie, según Hess, consistía en una nueva distribución, una nueva “humanidad social” en que la propiedad de los medios de producción (la forma social de la avaricia codiciosa), junto con la competencia y la división del trabajo embrutecedora, fuera abolida para siempre. Para lograr este ideal los hombres deben (en el espíritu de Fichte) obedecer el imperativo moral de buscar la vida santa en el recíproco sacrificio de sí. Hess recordará su primera obra con humor: “En esta época, que sólo podía engendrar obras mal recibidas, el autor de estas líneas publicó su primer librito socialista, que también fracasó y desapareció sin dejar rastros”. Lo importante es que Hess condensa su propia experiencia como trabajador emigrante, su desarrollo intelectual y el “uso” de las nuevas ideas socialistas y comunistas francesas, en especial de Saint-Simon, Blanqui, Leroux, Caset… Hess, en un estilo apostólico, desmañado y ecléctico, hoy ilegible (evitando la censura), había trazado todo un programa comunista, una teoría de la concentración económica, de la pauperización y el salario relativo, anticipándose en casi ocho años a las tesis del joven Marx en los famosos Manuscritos de 1844. De oyente en la Universidad de Bonn, Hess conoce a Berthold Auerbach, los une el amor por Spinoza. Auerbach estaba haciendo su carrera para rabino, estudió leyes y derecho en tres universidades, había publicado una novela filosófica, “Spinoza, Ein Denkerleben” y había traducido al alemán unas obras escogidas de Spinoza, pero lo más importante es que introdujo a Hess en los Frankfurt’s literati. Hess interviene en el debate entre la izquierda y la derecha hegeliana con un nuevo libro: “Die europäische Triarchie” (“La Triarquía Europea”) (1841), parodiando el título de un libro reaccionario, “Die europäische Pentarchie”, que abogaba por una alianza conservadora de Rusia, Prusia, Austria, Francia e Inglaterra. Editado por O. Wigand en Leipzig, no por casualidad: es el editor de Feuerbach, Bauer, Stirner y en 1845 publicará el libro del joven Engels sobre la situación de la clase obrera inglesa; Wigand, por esas cosas del destino, imprimirá la primera edición de Das Kapital en 1867. En una larga introducción, Hess consideraba a Hegel como el fin de la filosofía y su punto más alto, señalando el error de no haber desarrollado una filosofía de la acción humana; al mismo tiempo entablaba una discusión con sus discípulos reclamándoles que había que volver a Hegel a la tierra. A este propósito Hess defendía (de ahí el título del libro) una síntesis revolucionaria entre los recursos espirituales y teóricos de Alemania, la experiencia práctica de Francia y el reformismo británico. Así el hombre debía recuperar su autonomía, gracias al concepto de acción, que aquí aparecerá por primera vez y será, en adelante, el tema central de Hess. El quinto capítulo del libro, “Nuestro futuro, o la Libertad Social y Política”, quizá el más importante, proponía ideas de vanguardia: la abolición de la propiedad privada era esencial en todo nuevo orden social: “¿Cómo puede hablarse de una reconciliación objetiva en un mundo en el que todavía vemos, de una parte, cómo la riqueza aumenta, y, de otra, como la miseria se destruye a sí misma, en su propia sangre y en su propio sudor?”. El libro causó sensación entre los jóvenes hegelianos, incluido Marx; por primera vez llevaba el conocimiento del comunismo a los círculos intelectuales y universitarios, situaba las cuestiones sociales en primera fila y su hilo rojo no era “lo político” (como en Robespierre o Heine) sino la cuestión social. De hecho Hess comparaba a Hegel con Saint-Simon y a Fichte con Proudhon. Además defendía la idea de superar la filosofía por medio de una teoría de la acción. Como el propio Hess reconoció después “el principal servicio del libro fue el que presentó al público, de un modo velado y misterioso, una idea que todavía no podía ser expresada de una manera clara y precisa… la idea de socialismo”. El caso es que Hess era un comunista por pleno derecho, el más antiguo socialista alemán, el primer discípulo de los franceses igualitarios, un tardío seguidor de Babeuf y un fichteano radical. Tenía 28 años.

Fichte revolucionario: si Hess fue poco leído y mal digerido, el filósofo Fichte sufrió un sino parecido. Su filosofía pasó a ser leída con las anteojeras de Hegel, quien lo redujo en su propia autocomprensión filosófica, a una mera estación de “idealismo subjetivo”, a la que se opondría Schelling con su “idealismo objetivo” y cuya síntesis sería la propia filosofía de Hegel, que las superaría conservando ambos momentos. Hoy sabemos que Fichte fue un profundo y audaz pensador político, que desarrolló una teoría de la autonomía, una filosofía de la acción y que influyó poderosamente en los jóvenes hegelianos. Pero la participación de Fichte en el desarrollo del materialismo práctico (e indirectamente en la génesis del marxismo clásico) está por estudiarse. La inversión o torsión que Hess realiza sobre Hegel es de inspiración fichteana, criticándole el aspecto contemplativo y exigiéndole la dimensión de futuro y una teoría de la acción. Hess convirtió a Engels, desde su owenismo ingenuo, al comunismo; según su propio testimonio, al escribirle a su amigo Auerbach en junio de 1843: “Ahora se encuentra en Inglaterra otro de los hegelianos, que está escribiendo una obra monumental sobre este asunto (“La situación de la clase obrera en Inglaterra”). Con él mantengo un estrecho contacto. Resulta que el año pasado, cuando estuve a punto de ir a París, vino de Berlín a Colonia. Hablamos sobre los problemas del momento, y él, un revolucionario del primer momento, se separó de mí como el más ferviente comunista…”. El joven Engels le devolverá el cumplido y destacará su importancia en un artículo escrito para el diario “The New Moral World” firmado como “un viejo amigo de Alemania” el 13 de diciembre de 1844, con el título “Rápidos avances del Comunismo en Alemania”: “Las personalidades literarias más activas entre los socialistas alemanes son el Dr. Karl Marx, en París; el Dr. Moses Hess, actualmente en Colonia; el Dr. Karl Grün, en París; Friedrich Engels, en Barmen (Prusia renana); el Dr. Otto Lüning, en Rheda, Westfalia: el Dr. Hermann Püttmann, en Colonia y algunos escritores más… ”. En efecto, los artículos publicados por Hess entre 1842 y 1843 en “Einundzwanzig Bogen aus der Schweiz” (“Veintiún pliegos desde Suiza”) —aparecida en Zürich por problemas de censura— sucesivamente, “Socialismo y Comunismo”, “La libertad una y total”, “Filosofía de la Acción”, ilustran perfectamente su talante fichteano, antihegeliano y materialista revolucionario. Tanto que el mismo Marx, en los “Manuscritos de París” de 1844 destaca su valor: “Los trabajos alemanes fundamentales y originales acerca de esta ciencia (el socialismo y el comunismo) se reducen, fuera de los escritos de Weitling, a los artículos de Hess escritos en los “Einundzwanzig Bogen aus der Schweiz”, al “Esbozo de una crítica de la Economía Política” de Engels en los “deutsch-französische Jahrbücher”…” Hess —gracias a la edición del Nachlass por el hijo de Fichte, Hermann, publicada entre 1834 y 1835 (volumenes IX, X y XI de los Fichtes Werke)— podía disponer de una compilación de la filosofía política fichteana y utilizarla como caja de herramientas en el desarrollo de la inversión de Hegel. La propuesta de una filosofía de la reflexión superadora que permitiría una ciencia práctica de la autoproducción y la autonomía. No sólo eso: gracias al idealismo radical de Fichte se podía cuestionar el presupuesto ontológico (no filosófico) de la propiedad privada que funda la institución del estado. Además Fichte había asimilado la teoría revolucionaria de Graccus Babeuf y asumido la figura de la mediación de los “impropiétaires” (no-propietarios), término que traduce como Nichteigenthümer, quienes en su combate de vida o muerte son los únicos capaces de extirpar la perniciosa institución de la propiedad, como lo señala en su Staatslehre (Doctrina del Estado). Fichte oponía a la burguesía con el proletariado como una lucha sin cancelación posible entre dos Grundklassen y es la primera vez que aparece en una filosofía política desde los textos populares Saint-simonianos de la década de 1830. Hess tenía enorme interés en insertar la metafísica de la actividad de Fichte con la doctrina de la sustancia de Spinoza: “No es el ser sino la acción, lo primero y lo último… Ha llegado el momento de que la filosofía del espíritu se convierta en una filosofía de la actividad. No tan sólo el pensar sino toda la actividad humana deben ser elevadas a un plano en el que toda oposición desaparezca… Fichte ha ido, a este respecto, más lejos que los últimos filósofos (Hegel, Feuerbach, Bauer)”. El anarquismo es para Hess, siguiendo a Fichte, “la negación de toda dominación en la vida espiritual y social”. No es casual que Hess afirme que el objetivo del nuevo idealismo y del comunismo sea el mismo: no conservar de lo antiguo más que la idea de actividad práctica. “Si la filosofía no quiere volver al dogmatismo, debe pasar sobre sí misma en orden a la acción para lograr lo positivo...”. Ya Karl Friedrich Köppen, profesor de historia y amigo íntimo de Marx, había escrito un artículo en el libro de artículos Anekdota zur neuesten Philosophie und Publizistik en 1843, “Fichte und die Revolution”, donde señalaba el rumbo a los jóvenes hegelianos: “Ahora que el impulso hacia un desarrollo político libre también ha cobrado fuerza entre nosotros… comprenderemos mejor las palabras del más puro, más decidido y más sólido de carácter entre los filósofos alemanes…”. Fue durante este período cuando Hess conoció al joven Marx por primera vez. Marx había viajado a Bonn en abril de 1841 a colaborar con Bruno Bauer (quién había fundado el Doktorklub en 1837, círculo de los jóvenes hegelianos) y todavía tenía esperanzas de hacer una carrera académica. Hess quedó impresionado, como relata en una carta: “Te alegrarás de poder conocer aquí a un hombre que ahora también formará parte de nuestros amigos... Se trata de una personalidad que, a pesar de que me muevo en el mismo campo, ha producido en mí una enorme impresión. En resumidas cuentas: puedes prepararte a conocer al máximo, acaso el único auténtico filósofo actualmente en vida, que muy pronto, en cuanto se presente públicamente (en escritos y en cátedra) atraerá la mirada de Alemania... Siempre había deseado tener a un hombre así como profesor de filosofía. Ahora me doy cuenta de lo ignorante que soy en el campo de la filosofía pura... El Doctor Marx, así se llama mi ídolo, es un hombre todavía joven (tendrá a lo sumo veinticuatro años), que asestará el golpe mortal a la religión y a la política medievales. Combina la más profunda seriedad filosófica con el chiste más mordaz. Imagínate Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel combinados en una sola persona; digo ‘combinados’, no amontonados. Y entonces tienes al Doctor Marx...” Hess sólo se equivocaba en una cosa: Marx sólo tenía veintitrés años.

Jóvenes hegelianos y liberales renanos en la “Reinische Zeitung”: los discípulos de Hegel (los de izquierda, también llamados los afrancesados, Affranchis) y los liberales renanos se confabularon en una empresa periodística contranatura, curiosa e inédita: un periódico llamado “La Gaceta Renana”. Aquí la carrera pública y política de Marx es impulsada por una formación de compromiso, una alianza entre una fracción de la burguesía liberal renana y un colectivo de filósofos, ensayistas, autodidactas. O sea: Marx no entra a la política por su adhesión o afinidad con el proletariado, sino a la inversa, ingresa en la política en una experiencia liberal y demócrata burguesa que lo llevará a una experiencia comunista. Izquierdistas y padres fundadores del anarquismo y el comunismo (Hess, Engels, Marx, Stirner) se abrazan con los padres del capitalismo liberal renano (Camphausen, von Mevissen, Hansemann). Como Hess lo vio, la fórmula inédita tenía dos componentes: intereses económicos capitalistas buscando con desesperación su expresión política e intereses políticos radicales buscando desesperadamente sostenes financieros para salir del ghetto intelectual. Sólo puede compararse a las extrañas alianzas prácticas del saintsimonismo en Francia en la misma época. La “Reinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe” (“Gaceta Renana, para la Política, el Comercio y la Industria”) es una verdadero “Bloque Histórico” en el sentido de Gramsci o una formation de compromis en la jerga psicoanalítica, un equilibrio frágil al filo del estallido. Uno de los creadores, impulsores y jefes redactores del proyecto no es otro que Hess, a quien se define como verdadera alma del proyecto. Su primer número saldrá el 1º de enero de 1842, el equipo de redacción lo cubren Hess (quien también es el encargado en Francia, aunque no le han dado el cargo de jefe de redacción debido a la desconfianza de los accionistas), Friedrich List (el futuro ideólogo de la economía cerrada y de la unión aduanera alemana), quien reemplazará al Dr. Höfken (economista de la línea proteccionista de List) y el Dr. Rave para los asuntos en Inglaterra. Era la sucesora de la “Rheinische Allgemeine Zeitung”, fundada en 1840 por liberales renanos para defender los intereses económicos y sociales; en su editorial “Grusz u. Warnung” (“Saludo y advertencia”) resume el objetivo y las metas de la RZ: “Hay que desenmascarar y combatir sin miedo y sin asco todos estos vicios: la cobardía, el egoísmo, el espíritu rutinario y filisteo, la debilidad, el autoritarismo, que tan bien se ocultan detrás de las personalidades y las instituciones”. Hess publicará un artículo polémico en abril de 1842, “Los comunistas en Francia” (“Die Kommunisten in Frankreich”), un artículo que comenta con traducciones de párrafos completos, un manifiesto comunista publicado por “La Presse”, el diario de Girardin, en Paris. Aprovechando explica las limitaciones y méritos de las ideas de Saint-Simon y Fourier. Traduce largos párrafos escandalosos para la situación política alemana: “la práctica de la igualdad se debe basar en: 1) la comunidad del trabajo; 2) la igualdad de derechos para la utilización de lo que se produce en común; 3) la comunidad de la educación y la transformación de la familia; 4) la comunidad de la tierra”. Inmediatamente creará un círculo de estudios socialistas conocido como “Köln-Kreis” donde Marx no estará (se sumará en octubre de 1842) pero sí un amplio grupo de comunistas que será el arma de choque tanto contra los Affranchis como contra la temerosa fracción liberal del diario. El grupo se reúne regular y secretamente en la LasserHof de Colonia. Este círculo será además el futuro semillero de la Liga de los Comunistas en 1848. En un balance posterior (1845) Hess comentará cómo funcionaba este núcleo oculto y accidental de comunistas en la NZ: “La primera huella de socialismo radical en Alemania la descubrimos en el ‘Reinische Zeitung’, o sea: un órgano del partido filosófico del movimiento. Los ‘Anuarios’ de Arnold Ruge, ciertamente, se habían adherido ya antes a la política radical; pero en ellos todavía no se hablaba de socialismo… En este punto hay que destacar la circunstancia de que durante todo el tiempo que existió el citado diario. El partido filosófico del movimiento fue enemigo del socialismo radical y, en realidad, éste fue introducido clandestinamente en el ‘Reinische Zeitung’” (Neue Anekdota). En seguida Höffken renunció y en su lugar se designó un junghegelianer y cuñado de Bruno Bauer: el geógrafo Adolf Rutenberg. Con esto el diario pasó a preocuparse cada vez más por cuestiones políticas y sociales, por sobre las económicas, se transformó en un “órgano de oposición” superando en combatividad y audacia a todos los periódicos liberales. Los suscriptores aumentaron en forma geométrica. El censor Saint.Paul designado para seguir los contenidos del diario, así lo expresó: “La redacción, al entrar en relaciones con el círculo de ‘Liberados’ de Berlín (los jóvenes hegelianos) defendió con una audacia creciente… las ideas de la izquierda hegeliana, proclamando abiertamente, como dogma político, la necesidad de destruir la Iglesia, de establecer una Constitución y la libertad absoluta de prensa”. La incapacidad de Rutenberg como chef redacteur, hizo que el diario fuera asumido por Hess y el Dr. Rave, a quién se le sumo Bruno Bauer. Engels, ya comunista, empezó a colaborar rápidamente, firmando sus artículos con el pseudónimo de “Fr. Oswald” o con una cruz entre asteriscos (*x*). Marx no colaboró en seguida en el periódico, su primer artículo periodístico, “Debates de la Sexta Dieta renana”, firmada “por un renano”, apareció en mayo de 1842. Este Marx liberal-feuerbachiano todavía recela del comunismo y tiene muchos rasgos de ser un “socialista verdadero” 8cree firmemente en la racionalidad del estado y en su reforma). Lo cierto es que este proyecto inaugura una nueva forma específica de hacer periodismo, de carácter filosófico, comparable a aquella que intentó Sartre, Foucault o Negri. La filosofía, tal como lo reclamaba Fichte y Hess, se transforma en una grilla de lectura crítica de la vida cotidiana. El periódico empezó a tener graves problemas con la censura prusiana, en especial por artículos y traducciones del socialismo francés de Hess. Se la acusaba de comunista y se amenazaba con su cierre definitivo. En octubre de 1842 Marx se hace cargo como redactor en jefe recomendado por el mismo Hess y su primera tarea fue escribir una nota defendiéndose de estos ataques y donde se descubre que Marx conocía poco o nada de las teorías socialistas y comunistas de Francia e Inglaterra. Está calro que Marx no adhirió a las nuevas ideas revolucionarias y no descubrió al proletariado como sujeto fundamental hasta mediados de 1844 ya exiliado en Paris. En septiembre Hess publica un artículo sobre los principios comunistas de gobierno, comentando ideas de Weitling sobre la abolición y superación del sistema representativo de gobierno y el fin de la política; como addenda reproduce un informe sobre las condiciones de la vivienda obrera en Berlin aparecido en el diario de Weitling: el reporte describía un bloque de viviendas populares compuesto de cinco edificios en el que 3000 trabajadores malvivían en penosas condiciones en 400 viviendas unifamiliares. Se describía sus condiciones sanitarias, medio ambiente, superpoblación, infraestructuras, unidad familiar, transporte, etc. Hess inauguraba un instrumento que luego perfeccionaría Marx: la co-investigación militante. Tanto a través de sus libros y artículos, Hess había logrado forzar la atención hacia la cuestión social no sólo de sus lectores sino de parte del equipo de redacción y del grupo de filósofos de Berlín. Su último artículo importante, escrito a fines de septiembre de 1842, señalaba: “Percibimos que los esfuerzos de los liberales han sido hasta el momento insuficientes para arrancar a los hombres de un estado equivalente a la esclavitud; descubrimos de repente que en el siglo XIX existen todavía ilotas. Lo que en adelante se opone al espíritu de los tiempos nuevos no es solamente la aristocracia feudal, ni siquiera el absolutismo; toda la organización o más bien, la desorganización de nuestra vida social exige una reforma”. Marx llegará finalmente al inconsciente de lo social en su artículo sobre la ley sobre el robo de leña y la situación de los viñateros del Mosela. La publicación de un proyecto sobre la ley del divorcio secreto del gobierno, acompañada de tres artículos críticos (uno escrito por Marx) dio la excusa final para ordenar el cierre del NZ, que fue decidida en un consejo de ministros presidido por el rey Federico Guillermo IV. Oficialmente dejó de aparecer el 31 de marzo de 1843. En su último editorial, “Adiós”, se despedía orgullosamente proclamando: “Hemos hecho flamear con audacia la bandera de la libertad… Víctimas de la cólera de los dioses, no nos asustó la caída de nuestro mástil… Amigos que nos han alentado, enemigos que nos has combatido; volveremos a vernos algún día a bordo de otras naves, porque en el naufragio conservamos íntegro nuestro valor”. Marx simplemente anotó: “Nada me ha sorprendido… es una consecuencia de la reacción… es duro realizar una tarea servil aun al servicio de la libertad, y luchar a alfilerazos en lugar de hacerlo a culatazos… Estaba cansado de la hipocresía, de la tontería, de la autoridad brutal y también de nuestro servilismo, de nuestra chatura, de nuestras cabriolas, de nuestra fraseología. El gobierno me ha devuelto la libertad”.

De nuevo Paris: Hess ya se encontraba en Paris desde noviembre, había viajado como corresponsal del diario, pronto se le unirían la mayoría de los jóvenes hegelianos, incluidos Bakunin y Marx. Abandonado en Francia Hess no se amilana: “Como la ‘Reinische Zeitung’ ha deja dejado de publicarse, mientras estaba yo en Paris, me he dedicado exclusivamente al desarrollo filosófico del comunismo… y tengo la satisfacción de ver que mi actividad no es estéril. Los jóvenes hegelianos están, ya en parte, convencidos...” Hess es bien recibido por la colonia alemana, en especial por el poeta Heine, quien lo considera un excelente escritor y ensayista; es el primero de los náufragos de la “Reinische Zeitung” en establecer contacto personal y militante con los círculos socialistas franceses: se encuentra con el mítico Etienne Cabet, con el discípulo de Fourier, Victor Considérant, así como encuentros con Louis Blanc, Pierre Leroux y otras personalidades. Será él quien le presente a Ruge y luego a Marx las figuras del socialismo francés para el nuevo proyecto de periódico o revista literaria que cumpla la predicción de Hess de unir la teoría alemana con la práctica política francesa. El modelo será el órgano de los fourieristas, la “Democratie Pacifique” de Considérant. Su nombre será “Anales Franco-Alemanes” (“Deutsch-Französische Jahrbücher”), nacerá muerto, sólo se editará un número doble con las contribuciones de los alemanes (Ruge, Heine, Jacoby, dos de Marx, dos de Engels, Bernays, Herwegh) se imprimirá en Suiza y la mayoría de los ejemplares serán secuestrados en la frontera. Hess publicará un artículo “Briefe aus Paris” (“Cartas desde Paris”), con un resumen de las principales corrientes socialista y comunistas francesas, “…la esencia del socialismo es la igualdad orgánica humana, así como la esencia del idealismo es la libertad vital, humana…” y enviará otro a Marx de mayor vuelo filosófico para el segundo número que nunca se editó. Su título “Üeber das Geldwesen” (“Sobre la Esencia del Dinero”), un ensayo escrito a finales de 1843 o comienzos de 1844. Inédito, recién saldría a luz un año y medio más tarde, y será calificado como una de las más importantes publicaciones de la primera literatura socialista alemana. Hess percibió la importancia de sus tesis: “El dinero es al mundo práctico lo que Dios es al mundo teórico, que él constituye la alienación de la idea de valor social, en plata o en aleación desde el punto de vista católico o en papel moneda, desde el punto de vista protestante. En otras palabras: el dinero es, simplemente, el símbolo inorgánico de nuestra presente producción social, que se ha liberado de nuestro control racional y, en consecuencia, nos domina”. El inició del artículo empezaba con una verdadera definición avant la lettre de materialismo: “La vida es el intercambio de la actividad productiva”. Pero ya es otra historia. (fin de la primera parte).

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