Proust: la crisis del sujeto

Cronista mundano, comprometido políticamente con su tiempo (furioso "dreyfusard"), místico nihilista de la irreversible decadencia de Europa, ¿historiador involuntario?, sus recuerdos desmenuzan la personalidad de los que lo rodeaban con un virtuosismo no exento de dificultades, de latente sexualidad ambigua, de un realismo no deseado, como lo demuestran los nerviosos cambios "in progress" en las pruebas de imprenta. Como decía Strindberg de sí mismo hablando en tercera persona, Proust no llegó a ser jamás él mismo, jamás algo en sí, jamás un individuo completo". Apartado de las frivolidades mundanas de la clase alta parisina desde 1906 (influencia de Ruskin y Nietzsche), a la muerte de sus padres, en especial de Madame Proust, y después de los experimentos juveniles, los ensayos, las recomposiciones y la novela inconclusa Jean Santeuil (abortada en 1904 y escondida en un cajón de su cómoda por no encontrarle un final moderno, por cierto un heroe claramente cortado con las tijeras de Victor Hugo), Proust comienza a los treinta y cinco años el trabajo en el que expresará y agotará toda su existencia, "qua" material como literaria. En las galeras tacha, suprime, adiciona (muchísimo) interlíneados nuevos y modifica sin cesar adjetivos de una prosa destinada a inaugurar el lenguaje narrativo moderno y clasusurar (junto con el fin de la Primera Guerra Mundial) la continuidad con el "Gran Stil" de fin de siglo. Tantas correcciones y especialmente adiciones acabaron formando un nuevo texto sin publicar; una suerte de manuscrito inédito (¿otro Proust?) que revela el proceso creativo de un espíritu hipersensible, ya jaqueado por el asma que padecía desde los nueve años y la caída del "Ancien Regime". Rico y nervioso, caprichoso homosexual con "spleen" (se escondía bajo múltiples seudónimos, uno que caracterizaba su elección sexual era justamente le Saturnien), destilando "dandysme", elegante, inteligente (aunque para sus contemporáneos un "dilettante" imitador de France y Bourget obsesionado por la alta sociedad) pero lleno de escrúpulos acerca de su valía, traductor irregular, Proust sublimó sus debilidades para convertirse en guardián de la memoria. Llevó a la (su) autobiografía, en su perspectivismo lírico-analítico, a una autoconciencia moderna sobre la moral, el yo y la propia vida. Al rememorar su vida, fue transformándola en su propia obra, hasta que ambas resultaron inseparables y autoreferenciales. Trouvillel será la mítica Balbec, la real y deseada Marie de Benardarki el prototipo de Swann, el rio Loir el imaginario Vivonne... La realización quedará inconclusa, y el plan original de siete libros, quedarán editados por su mano sólo los primeros cuatro ("Por el camino de Swann", "A la sombra de las muchachas en flor", "El mundo de los Guermantes", "Sodoma y Gomorra"), todos publicados y re-publicados entre 1913 y 1922. Los tres últimos ("La prisionera", "Albertina ha desaparecido", "El tiempo recobrado", que cerraba la circularidad arquitectónica proustiana) aparecerán póstumos entre 1923 y 1927. Concluida la "Gran Guerra", el retrato humano y la redención del tiempo interior dejará lentamente paso a la recuperación de las sensaciones, olores, sabores que marcaron el tiempo no-adulto, incluso el desarrilamiento de la homosexualidad, la rivalidad entre burgueses en ascenso y aristócratas, incluso las líneas políticas en fricción (radicalismo, legitimismo). Bardamu (Céline) decía irónicamente en "Voyage ..."que "Proust, que era un medio aparecido, se perdió con extraordinaria tenacidad en la infinita y diluente futilidad de ritos y andaduras que se enroscan alrededor de las gentes de mundo, gentes del vacío, fantasmas del deseo, bacantes indecisas, siempre a la espera de su Watteau, buscadores sin entusiasmo de improbables Citereas". La organización social moderna es un atentado victorioso contra la plenitud de la vida, es su férrea represión bajo un mecanismo inexorable y anónimo, que extingue ese resplandor único e irrepetible en que la vida podría dejar traslucir su sentido (Magris). Como decía el primer Nietzsche, la vida ya no puede residir en la totalidad, en un Todo orgánico y completo. Justamente: la esencia misma de la décadence. La anarquía de átomos que desbarata toda jerarquía de lo real. La terrible cuestión de si la vida misma es habitable y si esa pregunta tiene hoy algún sentido. La demostración, además, de que no hay "temps perdu", de que no es válida aquella máxima proustiana que sentencia que los recuerdos desaparecerán "cuando el deseo de un cuerpo vivo no sepa ya custodiarlos", ni siquiera para las nerviosas correcciones de última hora de un autor desesperado por los tiempos mundanos de la coronación del escritor.
1 Comments:
hermosísimo!
Publicar un comentario
<< Home