Nietzsche como lector (III)

De la biblioteca a la librería: el testimonio documental más antiguo de un intelectual en el interior de una librería es el del enigmático Zenón de Citio, el Estoico. En uno de sus fragmentos cuenta que estando en una librería de Atenas se enteró de la existencia del historiador, militar y filósofo griego Jenofonte al escuchar leer un párrafo de su nuevo libro, Memorables, por un empleado. Las librerías como nervios culturales (informales) nacieron en Grecia, se importaron a Roma y se expandieron por el Imperium. Allí la librería era no sólo un punto de venta sino sala de lectura, de declamación, lugar de reunión de los intelectuales que discutían la agenda literaria y por supuesto, como nos cuenta Zenón, plataforma ideal para el lanzamiento de novedades. En Roma la fórmula se perfeccionó: los más jóvenes, con vocación literaria, se reunían a escuchar cómo los viejos clientes de la librería peroraban entre los libros (en realidad rollos) que cuidadosamente colocados se alineaban encima de ellos. La puerta de la librería, una típica tabernae, estaba cubierta de inscripciones anunciando las obras en venta; si el caso lo requería a veces el primer verso o línea del libro se reproducía bajo un busto más o menos realista del autor. La publicidad se desplegaba en las columnas vecinas, acompañada del clásico voceo. El rollo de papiro era el medio dominante para la publicación de libros. Las ediciones también variaban según el poder adquisitivo del lector: los libros más caros se escribían en papiros de colores, guardados en cajas con tapas de marfil y cubiertas de seda de tonos brillantes. Las librerías estaban estratégicamente ubicadas, naturalmente, muy cerca del poder y de la elite político-cultural: primero tímidamente en la vecindad del Foro; ya en tiempos de Cicerón en el Foro mismo, más tarde a lo largo del Argiletum (una de las calles más importantes del centro, unía el Foro romano con el distrito de Subura… ¡el barrio de César!). Argiletum fue conocida como “la calle de los libros” y tenemos testimonios de visitas y anécdotas en Horacio, Marcial y Séneca. Después las librerías siguieron la huella de las bibliotecas públicas de Augusto y los edificios públicos más importantes, como la Basilica Aemilia. Los libreros-editores más importantes, los Sosii, que fueron los “editores” de Horacio, se transformaron en un importante grupo cercano al poder imperial. Como grupo editorial se establecieron ya en el imperio tardío cerca de la estatua de Vertumnio, a la salida de la Vicus Tuscus. No sólo esa moda llegó de Grecia: cuando el rey de Pérgamo, que tenía una magnífica biblioteca pública con 200.000 ejemplares, envió a Roma a su enviado, Crátes de Mallos, éste dio una serie de conferencias que estimularon a los políticos a crear librerías públicas similares, tanto privadas como estatales. El cónsul Lúculo, conquistador de Asia Menor, inició la moda: era un bibliómano obsesivo pero muy generoso; su villa en Tusculum, cercana a la de Cicerón, contenía una imponente biblioteca producto de sus saqueos militares, en su mayor parte tomada al rey Mitrídates de Ponto. Puso a disposición del cenáculo intelectual romano su patrimonio libresco y su biblioteca se transformó en un hogar literario, donde se podría leer y debatir. Cicerón cuenta que en una de esas reuniones de lecto-debate encontró al joven Catón. Por el lado del estado los romanos también expandieron la fórmula griega de la biblioteca pública gracias a Julio César. Invitado por Cleopatra visitó la mítica biblioteca de Alejandría. AL volver le encargó a Varrón que organizara la primera biblioteca pública de Roma, con dos salas, una para libros griegos y otra para latinos. Su plan quedó inconcluso por su asesinato, pero lo continuó su sobrino nieto Octaviano, el emperador Augusto, quién creó no una sino dos. Las bibliotecas romanas servían tanto como sala de lectura como de conferencias, presentación de libros y lecturas públicas, pero sólo eran circulantes y a préstamo para el emperador y sus íntimos. La costumbre cultural prosperó y en todo el imperio se habilitaron bibliotecas públicas, algunas cerca de las termas (centros socioculturales de masas) e incluso en lugares banales, como en Tívoli, un lugar de veraneo para la aristocracia, que tenía una biblioteca pública con libros a préstamo. Roma inaugurará un Complex cultural que ya nunca nos abandonará en Occidente: el circuito culto del editor-librería comercial-biblioteca estatal. Con Nietzsche asistimos a una recuperación de la antigüedad clásica en clave teutónica, pero no en cuanto tal, ni siquiera in toto. De la decadencia milenaria de Occidente se rescata la Grecia trágica pero se excluye con repugnancia Roma, sinónimo de espíritu utilitario: “un pueblo que, a partir de una vigencia incondicional de los instintos políticos, cae en una vía de mundanización extrema, cuya expresión más grandiosa, pero también más horrorosa, es el Imperium romano” (GT, 21, I). El pecado del mundo romano es el exceso de mundanización y esto incluye, por supuesto, la superestructura cultural-literaria. Nietzsche sigue la tradición reaccionaria (que llamaba a los jacobinos los “nuevos romanos”) y el clima ideológico de su tiempo, de Kleist a Fichte concluyendo en Wagner. Aunque estamos en presencia de un motivo ideológico de extraordinaria vitalidad en todo el ‘900 (piénsese en Heidegger). Aunque Nietzsche aborrece la romanitá y la herencia latina, un mero completamiento de la decadencia iniciada por Sócrates en Grecia, sin embargo en su vida práctica terrestre se comportaba como un romano culto y hacía amplio “uso” de la instituciones inventadas y perfeccionadas en la Roma imperial: librería y biblioteca pública.
Sobrealimentación libresca de un dionisíaco: Nietzsche podría haber repetido aquellas palabras de Giacomo Casanova “pasé ocho días en esta biblioteca, de donde no salía más que para volver a casa, en la que no pasaba más que la noche y el tiempo necesario para las comidas, y puedo contar aquellos ocho días entre los más felices de mi vida…”. Ya en su sketches autobiográficos de juventud, Nietzsche confiesa que cuando visitaba a su abuelo materno cada verano, su actividad favorita era utilizar el estudio y revolver en la librería de su casa. Esta librería la utilizó con frecuencia hasta su adolescencia, leyendo y tomando notas allí o incluso llevándose libros a préstamo. Más adelante el joven Nietzsche frecuenta y hace un uso intensivo de librerías académicas y especializadas tanto en Pforta, Bonn y Leipzig. En Pforta podemos ver su enorme interés, que nunca abandonará, por el pastor-filósofo Ralph Waldo Emerson, uno de los autores más influyentes en su desarrollo intelectual. Emerson fue el primer encuentro con un filósofo, mucho antes que su estudio de Platón y Schopenhauer. Leyó la traducción en alemán Die Führung des Lebens (La conducta de la vida, 1860), aparecida en 1862 y adquirida por Nietzsche como novedad en una librería. Emerson será su lectura (y re-lectura) favorita hasta el final de su vida activa y su biblioteca personal contiene cuatro libros en traducción alemana y ensayos en inglés aparecidos en la revista Atlantic Monthly que Nietzsche se hacía traducir. Además de estudiar historia de la literatura, obras sobre Shakespeare y Esquilo, así como su creciente obsesión por perfeccionar su propio estilo literario. Repetidamente pide para leer Die Technik des Dramas (Técnica del Drama, 1863) un manual de moda en la época, obra del escritor nacionalista y filólogo Gustav Freytag, donde explica su sistema, la famosa pyramidalen Aufbau. Ya en Bonn no sólo visitaba bibliotecas y librerías, sino visitaba las tumbas de Schumann, Schlegel y del patriota antisemita Ernst Moritz Arndt, el reaccionario antinapoleónico, llevando como homenaje una corona de flores. Sabemos que Nietzsche es un estudiante muy flojo, regular (no sigue ningún curso con asiduidad), sus intereses se alejan de la currícula universitaria y que sus preocupaciones empiezan a pasar por la política y la historia. Se asoció a la Gustavus-Adolphus Union, una asociación político-religiosa protestante, donde dio una curiosa conferencia sobre los eclesiásticos alemanes en Estados Unidos. En la misma época, en la asociación estudiantil que había cofundado, Franconia, leyó una conferencia pública sobre los poetas políticos alemanes del siglo XIX que lamentablemente se ha perdido. Ambas conferencias tenían un espíritu reaccionario, promonárquico y antidemocrático profundo. Además en Bonn toco levemente a Hegel, sin profundizarlo y sin entenderlo en su complejidad y también descubrió a su amigo-enemigo, el teólogo David Friedrich Strauss. Como le dice en una carta a su amigo Mushacke en 1865 “si tengo poco apetito, tomo una píldora de Strauss, ‘La mitad y la totalidad’, por ejemplo…”. De Strauss compró y leyó con detenimiento su Lessings Nathan der Weise (“El camino del ‘Nathan’ de Lessing, 1865); por supuesto el ya nombrado Die Halben und die Ganzen (“La mitad y la totalidad”, 1865) y el más famoso de sus textos: Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet (“La vida de Jesús, críticamente examinada”, 1835) libró que finalmente compró en 1865. Finalmente el Nietzsche maduro tendrá en su biblioteca personal… ¡todos los libros de Strauss! A Strauss lo lee, cuando vuelve a su casa, a dúo con su hermana Elisabeth.
Ilustración: "Der Bücherwurm", Carl Spitzweg (1850)
Etiquetas: arte de la lectura, filosofía del siglo XIX, modernismo reaccionario, Nietzsche
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